Excusas

Publicado el 15 de diciembre de 2018

El amanecer se me antojaba un muro al que había que trepar. Seguía exhausto por aquella noche de insomnio. Mi camiseta había acabado en el suelo, junto con mi almohada y el resto del pijama. Parecía que había estado trotando toda la noche sobre toros salvajes. La canasta de la ropa sucia iba a quedar esa mañana desbordada, si no me ponía pronto con la colada y las otras tareas. Me sentía un comemierda sin fuerzas ni para afrontar un nuevo día. Y todo por un cabrón que no quería saber nada más de mí, y ponía la excusa de que ronco. ¡Que se vaya a cagar a la vía! Pero con todo y eso seguía teniendo sueño. Y el amanecer ya había terminado y era completamente de día. Un día que había esperado de color de rosa y se había convertido en gris-azulado con mechas de aquel odio que había expulsado por su boca, como si hubiera amasado en su cerebro aquellas palabras que más daño pudieran hacerme. Y yo, ¡que te calles, coño! Que no quiero oír nada más de todo eso. Que si ronco y no soy el hombre perfecto pues adiós muy buenas. ¡Y así me sentía como una patata, pero sin fécula, que debe de ser peor! Pero si reflexionaba no era tan malo que me hubiera dejado. Más bien era perfecto. Es verdad, estaba enfadado por las formas, por las excusas baratas, por los insultos, que yo creo que sobraban, pero en el fondo estar libre otra vez debía de ser estupendo. Y aunque no me salía natural lo de estar estupendo tendría que empezar a hacer teatro. ¿De verdad me había amado como decía? Pero ya estaba bien de torturarme. Debía extraer de mi mente todas aquellas ideas de un pasado feliz en el que yo me sentía una mariposa adorable de los cuentos. Y entonces sí, la lavadora.

Flotaba

Publicado el 16 de noviembre de 2018

Por fin teníamos profesora de Anatomía. La Conselleria había tardado tres meses en mandar al sustituto y ya estábamos todos temiendo que tendríamos que ir al selectivo estudiando por nuestra cuenta. Pero por fin había profesora y además parecía simpática y no demasiado dura. Era joven; según contó en aquella primera clase tenía dos hijos pequeños y parecía que con ella el curso iba a fluir. Todo empezó con un ligero dolor de cabeza. La profesora ofreció un ibuprofeno a uno de mis compañeros y pronto levantaron la mano otros dos más diciendo que también les dolía la cabeza. La profesora se echó las manos a la sien y decidió abrir las ventanas por si el ambiente estuviera cargado dentro del aula. Entonces yo también empecé a notarlo. Algunos se levantaron para salir a respirar aire puro y yo decidí levantarme también. Antes de llegar a la puerta alguien cayó desmayado delante de mí. La profesora decía algo sobre la salida. Mi cuerpo empezó a no responder y mis rodillas se doblaron. El suelo estaba frío. Podía escuchar a mis compañeros en su miedo. No sentía mi cuerpo. No había gravedad. Ya no me hacía pis. Ya no tenía hambre. Ya no notaba el sueño de la primera hora. Flotaba. Solo me preocupaba una cosa. ¡Pobres de mis padres cuando se enteren! ¡Lo peor es que nunca sabrán que he muerto feliz!

No me dijeron que el amor duele

Publicado el 25 de octubre de 2018

Nadie me dijo que el amor tenía que doler. Nadie me explicó que esa mirada esquiva me iba a magullar la piel. Nunca me imaginé que los mensajes no contestados a tiempo iban a ser una agonía infinita en forma de tortura en el patíbulo. No creí que el retraso en nuestra cita podría suponer cinco minutos sin apenas respirar, tras los que hasta el cerebro se desmaya de miedo. Nadie supo advertirme de que una despedida poco atenta iba a tenerme toda la noche anegada en lágrimas que ahogaran mi raciocinio. Nadie me convenció de que amar fuera un sufrimiento del que no ibas a salir con vida.

Proyecto cancelado

Publicado el 3 de octubre de 2018

María Esperanza cierra con llave el laboratorio por última vez. Mañana pondrán el cartel de ‘proyecto cancelado’ y tendrán que buscar otra subvención, otro organismo, otra fundación, quizá en América, quizá en otras partes de Europa, o tal vez en Asia. Tres años invertidos en el aislamiento de células autoinmunes que podrían haber servido para paliar los efectos de enfermedades degenerativas graves. Tres años tirados a la basura porque aunque lo puedan retomar cuando haya fondos, como le han asegurado, otros laboratorios les habrán adelantado y habrán publicado ya sus avances. Unos avances que comenzaron a la vez y ahora ellos se quedaban atrás. Tres años de investigación que María Esperanza comenzó diciendo sí a Valencia, y no a Massachusetts.

Fortaleza

Publicado el 9 de septiembre de 2018

El general entró en su despacho. Las seis y diez de la mañana, el uniforme impecable, los niños con la nodriza, la victoria a solo un par de batallas, las condecoraciones en la pared y en su pecho. Nada podía salir mal. Cerró la puerta tras de sí. Era el mejor momento de su carrera. Se sentó en su escritorio. La sonrisa de la foto de Elisa con los niños le partió el momento. Y rompió a llorar.

Una noche de tormenta

Publicado el 23 de agosto de 2018

En una noche de tormenta se apagaron las luces. No encontramos velas; encendimos dos cerillas pero pronto se consumieron. En una noche de tormenta entré en pánico. Aquel portazo me confundió. El atizador estaba a mis pies. En una noche de tormenta, como hoy, entré en la cárcel.

La playa

Publicado el 7 de julio de 2018

La arena, los nanos, Piluca, mis suegros, las toallas, las hamacas, la sombrilla, la peste a coco, ya estamos todos. Menuda barriga se ha echado Borja este invierno. Yo no, con el ejercicio que le he pegado a la Manoli en el despacho me he puesto en forma. Le tendré que recomendar a Borja mi entrenadora personal, aunque no parece que le haga falta, porque esa barriga de Cayetana es que van a por el cuarto. Menos mal que Piluca no es de esas y se ha conformado con dos, aunque si me los hubiera pedido se los habría dado. Total a mí no me dan faena, y así ella está entretenida y no me da la paliza. Antes sí lo hacía: que si no estás nunca, que si hueles a perfume de mujer, que si qué me vas a regalar por nuestro aniversario, que si cuándo me vas a comprar un chalet… Y entonces se me encendió la bombillita, y en qué buen momento: chalet, apartamento en Canet y los mellizos. Hale, todo a la vez, y así yo campo a mis anchas. Lo único bueno que tiene la playa: que te dejan tranquilo. Bueno, eso y aquel par de tetas… tendré que ejercitar mi inglés.

Sigue sonriendo, Alonso

Publicado el 1 de junio de 2018

Hace veinticinco años que Alonso es viudo. Veinticinco años que está enfadado con su Adela por haberle dejado solo tan pronto; por no haberle insistido cuando eran jóvenes para que él aprendiera a hacer las cosas de casa, por haber sido tan perfecta que nadie ahora le llega a la altura de los talones, pero sobre todo, está enfadado con ella y consigo mismo, por haber malcriado tanto a sus tres hijas. Está convencido de que es por la educación de su madre, en la que él delegó, por la que sus hijas están siempre necesitándolo para que les cuide a los niños, para que les deje la llave a sus asistentas, para que él ayude al mayor con las matemáticas y lleve al parque a los pequeños. Aún les tiene que hacer a las tres la comida, y a dos de sus yernos, porque el tercero está en Alemania trabajando que si no también, para que tengan dónde comer al salir del trabajo, y él tiene que recoger la casa y luego ir a por dos de los nietos a la guardería, y a por los otros tres al colegio. El del instituto ya vuelve solo pero hay que hacer con él las ecuaciones de segundo grado porque ha suspendido el segundo trimestre. Alonso no solo está cansado de tanto viaje, y menos mal que sus hijas se han puesto de acuerdo en elegir colegio cerca de su casa, sino que está triste. Triste porque sus hijas no se den cuenta de que él necesita un respiro, por que sean incapaces de hacer sus propias tareas por ellas mismas, por que nadie, ni su Adela ni él, hubiera sabido enseñarles a pensar en los demás.
Ahora, hace veinticinco años que es viudo, tiene ya 72 y está triste y cansado, pero sigue recogiendo a dos nietos de la guardería y a tres nietos del colegio y sigue jugando con ellos en el parque y riendo con los cinco como si fuera uno más. Ese parque donde no hace mucho ha encontrado a otra abuela a tiempo completo que se llama Ana, a quien algunos chavales de la edad de su nieto mayor llaman doña Ana. Esta tarde, Alonso le ha preguntado por curiosidad por qué es doña, y Ana le ha contestado que porque fue profesora de aritmética en el instituto de su nieto mayor, y Alonso ha sonreído. Ha sonreído porque le gusta Ana y le gusta que sea doña. También ha sonreído porque Adela, cuando estaba enferma, siempre le decía que siguiera sonriendo, que era el recuerdo de él que quería llevarse, porque fue con su sonrisa como le conquistó. Y Alonso sonríe pensando en Adela, pero también pensando en Ana, y lo bien que le vendría ahora una profesora jubilada de aritmética.

El 10 que necesitaba

Publicado el 23 de mayo de 2018

Samuel tenía 17 años, un chaval de buena familia, el típico niño mono, rubito con ojos azules, pero era un poco gay. Y digo “pero” porque a Carla le gustaba su amigo Samuel y no sabía si ella a él también. Quedaban a estudiar, hacían los deberes juntos, salían en pandilla al cine. Carla era de matrículas, Samuel, de notables. Ella quería hacer Medicina, él Coreografía y ciencias de la danza. En unos meses se separarían. Ella se quedaría en Valencia y él se tendría que marchar a Madrid o Barcelona. Pero Samuel necesitaba un 8 en el Selectivo y por eso se arrimaba al cerebro de Carla para que le explicara las tablas de verdad de Filosofía o el pronombre de relativo de Castellano. Carla se había enamorado de verdad y su mente de matrícula le decía que no debería, que tal vez solo se estaba aprovechando de ella, como otras veces ya le había pasado, que él era muy gay y que solo era su amigo, que aunque estuviera enamorado de ella, él prefería marcharse a bailar ballet clásico… ¿Y dónde quedaba ella? Carla siempre había sido una niña buena: pelirroja, tímida, insegura, de las empollonas que nunca había roto un plato, pero se había encaprichado de Samuel. Estaban nerviosos por el Selectivo. Se jugaban su futuro inmediato, su amistad, su relación, y esa tabla de verdad se le seguía resistiendo a Samuel. Carla le entregó una tabla manipulada que no era de verdad, sino de no verdad. Se metió la mano en los bolsillos y silbó. Ella sí sacó el 10 que necesitaba.

Tardará

Publicado el 4 de mayo de 2018

El sudor frío le resbala en los zapatos, zapatos de novio, traje de novio, anillos de novios en su chaleco. Ella se retrasa. Su futura suegra se acerca a él: «ya han salido —le dice— no tardará». Y él sabe que sí tardará. Tardará porque siempre tarda; tardará porque tardó en su primera cita, aunque él no le dio importancia, hace ya doce años, cuando ambos cumplían aún veintidós; tardará porque tardó en decirle que sí, seis años después de aquella vez que se lo pidió, con apenas dieciséis; y también con diecisiete, y dos veces con dieciocho y hasta tres con diecinueve. Siempre le decía que no. Dejó de intentarlo con veinte y con veintiuno y por eso sabe que con veintidós le dijo que sí, porque había dejado de intentarlo. Tardará porque también tardó en decirle sí quiero a esta boda; que si aún no estamos preparados, que si será un disgusto para mi madre, que si no tenemos dinero, que si no quiero tener hijos tan joven, que si mi trabajo, que si el tuyo, que si mi ascenso, que si el tuyo. Y por eso sabe que tardará.
El sudor frío le resbala en los zapatos, esos zapatos de novio que no tardarán en salir corriendo hacia otra vida en la que nadie le ponga freno, y no tarden tanto en decirle que sí.