Adiós
A medianoche reluce tu nombre en mi engaño. Dibujo nuestras mentiras con un grito contenido que pregona sin sonrojos que te quiero. Y es que el amor es como un despiste que requiebra la falacia con besos, sonrisas y hormigueos. Mi orgullo rendido ante el azul y negro de tu mirada. Mañana rescataré el triunfo desgastado de mi maleta, pero esta noche necesito que ocultes la verdad con el sudor espontáneo de tu peso que desdice tus palabras. Ya amanece en el rincón de mi resurgir, difícil entuerto que aún ni yo he entendido. Y te anuncio que me voy, sin adornos, sin explosiones, sin mariposas. Quién sino tú me abres la puerta, con un pausado adiós.
Esta vez tampoco
No lo sé agente. Yo iba a salir de casa en ese momento cuando recordé que no le había preparado el almuerzo para el trabajo. Entonces volví y él ya se había dado cuenta de que no lo había hecho y entonces discutimos. No, no, agente, no me pegó. Es sólo que, como yo me tomo todas esas pastillas por las mañanas, estaba un poco, no sé, como borracha, ¿entiende? Y entonces creo que tropecé. No estoy segura, pero yo creo que por eso me caí por la escalera. Creo que fue así, sí. No, no, no voy a poner una denuncia porque no estoy segura de si fue él o yo sola tropecé. ¿Y si fui yo misma, por culpa de todas esas pastillas para la depresión? No, no, no le denuncio agente. Esta vez no.
¿Cuándo dio la vuelta?
Desde aquí abajo parece que se te va a caer encima, como una losa pesada de la que no te puedes desprender. Me hunde con su inmensidad y me quedo aplastado como la hormiga insignificante que soy. Una vez viví en ese mundo de hipocresía que ahora parece que disfruta machacando insectos como yo. No fui consciente de que me engullía con esas fauces que ahora veo arrebatarme la vida. Pero mientras se inclina hacia mí para destruirme me empapa de unas babas pegajosas, dulces y pesadas. Unas ventanas abiertas, otras cerradas, la mayoría encendidas, y en medio una mandíbula de balcones apretados en busca de su víctima. Esta noche sé que soy yo. Mañana cualquier otro magnate de los negocios recogido en la cuneta del olvido. Ya baja, ya me aplasta, ya me destroza. Y un sudor frío, anuncio de mi muerte, me recorre el cuerpo entero. Tiemblo de odio y ya noto que me traga sin masticar. Es justo ahora cuando necesito la última dosis.
El chico del bañador rojo y blanco de rayas
El chaval del bañador rojo y blanco de rayas me gusta. Lleva un pegajoso bronceado y parece que cumple con sus amigos como con una obligación. Preferiría estar en casa, tumbado en el sofá ocre de sus padres, releyendo Madame Bovary y apasionándose con ella en busca de su amante. Pero nadie le entendería, ni siquiera su novia, la rubia que estira de él para entrar en el MacDonald’s y que arrastra sus ochenta kilos atléticos hacia una diversión teñida de hastío. También me gusta el chico por la forma en que la mira. Tiene el entusiasmo de quien se ha enamorado por primera vez sin reconocer todavía que su imaginación le ha puesto delante la imagen idílica de quien no es. Me gusta también el chico del bañador porque aún no sabe que ser diferente algún día le hará feliz.
Hola abejita
¿A que ya estás mejor? Sé que duele el aguijón al clavarse hondo pero recuerda que el dulce néctar que fabricas será siempre tu energía. Además, sabes que cuentas con tu amigo el caracol, el bicho bola, las tres mariquitas, la luciérnaga, la mariposa y los peloteros, siempre juntos, para ayudarte a trepar a lo más alto del panal. Tu amiga la luciérnaga te envía un beso con mucha luz, para que cuando todo esté oscuro te ilumine el camino.
Y al final del túnel se escapó su sombra
La niña quería salir de aquella vida enmarcada de dulces y suaves garabatos y se dejó llevar por ese ojo felino donde nadie podía encontrarla. Tenía miedo a perderse, y dos voces se contradecían exigiendo que se quedara y que siguiera a la vez. Pero no obedecía a ninguna de las dos, imaginando que era así mayor su ejercicio de libertad. Bella soledad. «¿Seré yo quien se ha perdido?». En color, el rojo intenso de su vagina y el negro de su libertad atascada entre las cejas doloridas. El lobo lloraba ante los siete enanitos y les contaba que las caperucitas de hoy ya no se dejan engañar. La niña mordió el chocolate justo al ver a su madre. Y al final del túnel se escapó su sombra.
Ayer escuché tu voz entre los vivos

Ayer escuché tu voz entre los vivos. Ayer oí tu grito entusiasta, de tenor murciano, contra la impunidad del franquismo. Tú no acabaste en la cuneta ni en una fosa común como tantos compañeros. Los falangistas se tomaron mucho tiempo para hacerte sufrir. Cárcel tras cárcel, redada tras redada, palizas, silla eléctrica, muchos años, todos los que te quedaron de vida, de miedo, aquel miedo que se te quedó para siempre en el cuerpo y el alma. ¿Te acuerdas de esa foto? Por la media sonrisa intuyo que aún trabajabas en la vocación que también te arrancaron, maestro de la Institución Libre de Enseñanza. Nos contaste que no sólo te quitaron la cátedra sino que te prohibieron la docencia. Hace más de treinta años que ya no estás, pero tus hijos y nietos nos llevamos grandes lecciones tuyas, que nunca han podido arrebatarnos: la igualdad, la tolerancia, el compañerismo, la justicia, la alegría y la esperanza que jamás perdiste, y también el amor a las cosas pequeñas. Te recuerdo enseñándonos una mariquita o una hormiga mientras nos decías: «¿veis ese insecto tan insignificante? Pues no lo matéis y queredlo como a vosotros mismos porque gracias a él también gira el mundo». Y por eso sé que ayer estabas gritando entre los vivos para que el mundo siga girando y para que recordemos tu voz siempre jovial y combatiente.
La última nota
En el recibidor de casa había un taquillón de madera de pino, colgado de la pared, con dos puertas de pizarra negra, una encima de la otra. En la de arriba se anotaban las cosas que había que comprar y en la de abajo los recados familiares. Casi siempre se leía arriba: “yogures, pan de molde, fruta” o “pasta de dientes, plantillas para la peste de Andrés…”; y debajo: “No me esperéis a cenar. Sandra” o “Recordad que tengo yoga. Mamá. PD. Hay caldo, podéis hacer fideos” o “Me llevo el coche de mamá. Volveré pronto. Andrés”. Dentro del taquillón se amontonaban tiques de la compra, llaveros, cartas sin abrir, propaganda de cualquier cosa… Un mueble que reflejaba como ningún otro el alma de la familia. Un día la pizarra de arriba se quedó limpia y en la puerta de abajo ponía: “Salgo a pasear. La yaya”. Hace tres años que nadie ha borrado el mensaje, esperando el regreso de la abuela. Su nota nos quedará siempre, como el único recuerdo que el alzheimer respetó, en aquel taquillón que permanece desde entonces congelado, reflejo evidente de nuestro vacío.
La chica de 16 años
Positivo. No hay duda. La chica de 16 años está sentada en el suelo del servicio de mujeres de la tercera planta de El Corte Inglés, donde hace dos semanas vino con su amiga Andrea para comprarse unos vaqueros. Hoy está sola, con un test de embarazo en la mano que marca el círculo del centro de un rosa oscuro inequívoco. Se imagina a su padre gritando: «Tú abortas como yo me llamo Antoni Brotons», y a su madre, sin decir nada, con la cara entre las manos y tomando una detrás de otra todas esas pastillas. Pero ahora tiene el culo helado por estar sentada en el suelo de los servicios de El Corte Inglés, donde hace apenas un par de semanas aún era una niña de 16 años.
Engañándonos
La mujer de la falda granate cruza el semáforo en rojo. Yo la veo desde mi ventana y sé que se ha dormido esta mañana, otro día más tras una noche de insomnio. Ni siquiera el pintalabios fuerte, ni la falda a juego lograrán que no se le note la angustia. Yo también me miro al espejo y veo las marcas del sueño y de los años que no puedo evitar que pasen. Quiero romper la monotonía del silencio y del hastío pero hace más de quince años que esta cobardía me somete. Y como la mujer de la falda granate, sigo levantándome tarde todas las mañanas y pintándome fuerte los labios para engañar a mi autoestima.