Flotaba

Publicado el 16 de noviembre de 2018

Por fin teníamos profesora de Anatomía. La Conselleria había tardado tres meses en mandar al sustituto y ya estábamos todos temiendo que tendríamos que ir al selectivo estudiando por nuestra cuenta. Pero por fin había profesora y además parecía simpática y no demasiado dura. Era joven; según contó en aquella primera clase tenía dos hijos pequeños y parecía que con ella el curso iba a fluir. Todo empezó con un ligero dolor de cabeza. La profesora ofreció un ibuprofeno a uno de mis compañeros y pronto levantaron la mano otros dos más diciendo que también les dolía la cabeza. La profesora se echó las manos a la sien y decidió abrir las ventanas por si el ambiente estuviera cargado dentro del aula. Entonces yo también empecé a notarlo. Algunos se levantaron para salir a respirar aire puro y yo decidí levantarme también. Antes de llegar a la puerta alguien cayó desmayado delante de mí. La profesora decía algo sobre la salida. Mi cuerpo empezó a no responder y mis rodillas se doblaron. El suelo estaba frío. Podía escuchar a mis compañeros en su miedo. No sentía mi cuerpo. No había gravedad. Ya no me hacía pis. Ya no tenía hambre. Ya no notaba el sueño de la primera hora. Flotaba. Solo me preocupaba una cosa. ¡Pobres de mis padres cuando se enteren! ¡Lo peor es que nunca sabrán que he muerto feliz!

No me dijeron que el amor duele

Publicado el 25 de octubre de 2018

Nadie me dijo que el amor tenía que doler. Nadie me explicó que esa mirada esquiva me iba a magullar la piel. Nunca me imaginé que los mensajes no contestados a tiempo iban a ser una agonía infinita en forma de tortura en el patíbulo. No creí que el retraso en nuestra cita podría suponer cinco minutos sin apenas respirar, tras los que hasta el cerebro se desmaya de miedo. Nadie supo advertirme de que una despedida poco atenta iba a tenerme toda la noche anegada en lágrimas que ahogaran mi raciocinio. Nadie me convenció de que amar fuera un sufrimiento del que no ibas a salir con vida.

Proyecto cancelado

Publicado el 3 de octubre de 2018

María Esperanza cierra con llave el laboratorio por última vez. Mañana pondrán el cartel de ‘proyecto cancelado’ y tendrán que buscar otra subvención, otro organismo, otra fundación, quizá en América, quizá en otras partes de Europa, o tal vez en Asia. Tres años invertidos en el aislamiento de células autoinmunes que podrían haber servido para paliar los efectos de enfermedades degenerativas graves. Tres años tirados a la basura porque aunque lo puedan retomar cuando haya fondos, como le han asegurado, otros laboratorios les habrán adelantado y habrán publicado ya sus avances. Unos avances que comenzaron a la vez y ahora ellos se quedaban atrás. Tres años de investigación que María Esperanza comenzó diciendo sí a Valencia, y no a Massachusetts.

Fortaleza

Publicado el 9 de septiembre de 2018

El general entró en su despacho. Las seis y diez de la mañana, el uniforme impecable, los niños con la nodriza, la victoria a solo un par de batallas, las condecoraciones en la pared y en su pecho. Nada podía salir mal. Cerró la puerta tras de sí. Era el mejor momento de su carrera. Se sentó en su escritorio. La sonrisa de la foto de Elisa con los niños le partió el momento. Y rompió a llorar.

Una noche de tormenta

Publicado el 23 de agosto de 2018

En una noche de tormenta se apagaron las luces. No encontramos velas; encendimos dos cerillas pero pronto se consumieron. En una noche de tormenta entré en pánico. Aquel portazo me confundió. El atizador estaba a mis pies. En una noche de tormenta, como hoy, entré en la cárcel.

La playa

Publicado el 7 de julio de 2018

La arena, los nanos, Piluca, mis suegros, las toallas, las hamacas, la sombrilla, la peste a coco, ya estamos todos. Menuda barriga se ha echado Borja este invierno. Yo no, con el ejercicio que le he pegado a la Manoli en el despacho me he puesto en forma. Le tendré que recomendar a Borja mi entrenadora personal, aunque no parece que le haga falta, porque esa barriga de Cayetana es que van a por el cuarto. Menos mal que Piluca no es de esas y se ha conformado con dos, aunque si me los hubiera pedido se los habría dado. Total a mí no me dan faena, y así ella está entretenida y no me da la paliza. Antes sí lo hacía: que si no estás nunca, que si hueles a perfume de mujer, que si qué me vas a regalar por nuestro aniversario, que si cuándo me vas a comprar un chalet… Y entonces se me encendió la bombillita, y en qué buen momento: chalet, apartamento en Canet y los mellizos. Hale, todo a la vez, y así yo campo a mis anchas. Lo único bueno que tiene la playa: que te dejan tranquilo. Bueno, eso y aquel par de tetas… tendré que ejercitar mi inglés.

Sigue sonriendo, Alonso

Publicado el 1 de junio de 2018

Hace veinticinco años que Alonso es viudo. Veinticinco años que está enfadado con su Adela por haberle dejado solo tan pronto; por no haberle insistido cuando eran jóvenes para que él aprendiera a hacer las cosas de casa, por haber sido tan perfecta que nadie ahora le llega a la altura de los talones, pero sobre todo, está enfadado con ella y consigo mismo, por haber malcriado tanto a sus tres hijas. Está convencido de que es por la educación de su madre, en la que él delegó, por la que sus hijas están siempre necesitándolo para que les cuide a los niños, para que les deje la llave a sus asistentas, para que él ayude al mayor con las matemáticas y lleve al parque a los pequeños. Aún les tiene que hacer a las tres la comida, y a dos de sus yernos, porque el tercero está en Alemania trabajando que si no también, para que tengan dónde comer al salir del trabajo, y él tiene que recoger la casa y luego ir a por dos de los nietos a la guardería, y a por los otros tres al colegio. El del instituto ya vuelve solo pero hay que hacer con él las ecuaciones de segundo grado porque ha suspendido el segundo trimestre. Alonso no solo está cansado de tanto viaje, y menos mal que sus hijas se han puesto de acuerdo en elegir colegio cerca de su casa, sino que está triste. Triste porque sus hijas no se den cuenta de que él necesita un respiro, por que sean incapaces de hacer sus propias tareas por ellas mismas, por que nadie, ni su Adela ni él, hubiera sabido enseñarles a pensar en los demás.
Ahora, hace veinticinco años que es viudo, tiene ya 72 y está triste y cansado, pero sigue recogiendo a dos nietos de la guardería y a tres nietos del colegio y sigue jugando con ellos en el parque y riendo con los cinco como si fuera uno más. Ese parque donde no hace mucho ha encontrado a otra abuela a tiempo completo que se llama Ana, a quien algunos chavales de la edad de su nieto mayor llaman doña Ana. Esta tarde, Alonso le ha preguntado por curiosidad por qué es doña, y Ana le ha contestado que porque fue profesora de aritmética en el instituto de su nieto mayor, y Alonso ha sonreído. Ha sonreído porque le gusta Ana y le gusta que sea doña. También ha sonreído porque Adela, cuando estaba enferma, siempre le decía que siguiera sonriendo, que era el recuerdo de él que quería llevarse, porque fue con su sonrisa como le conquistó. Y Alonso sonríe pensando en Adela, pero también pensando en Ana, y lo bien que le vendría ahora una profesora jubilada de aritmética.

El 10 que necesitaba

Publicado el 23 de mayo de 2018

Samuel tenía 17 años, un chaval de buena familia, el típico niño mono, rubito con ojos azules, pero era un poco gay. Y digo “pero” porque a Carla le gustaba su amigo Samuel y no sabía si ella a él también. Quedaban a estudiar, hacían los deberes juntos, salían en pandilla al cine. Carla era de matrículas, Samuel, de notables. Ella quería hacer Medicina, él Coreografía y ciencias de la danza. En unos meses se separarían. Ella se quedaría en Valencia y él se tendría que marchar a Madrid o Barcelona. Pero Samuel necesitaba un 8 en el Selectivo y por eso se arrimaba al cerebro de Carla para que le explicara las tablas de verdad de Filosofía o el pronombre de relativo de Castellano. Carla se había enamorado de verdad y su mente de matrícula le decía que no debería, que tal vez solo se estaba aprovechando de ella, como otras veces ya le había pasado, que él era muy gay y que solo era su amigo, que aunque estuviera enamorado de ella, él prefería marcharse a bailar ballet clásico… ¿Y dónde quedaba ella? Carla siempre había sido una niña buena: pelirroja, tímida, insegura, de las empollonas que nunca había roto un plato, pero se había encaprichado de Samuel. Estaban nerviosos por el Selectivo. Se jugaban su futuro inmediato, su amistad, su relación, y esa tabla de verdad se le seguía resistiendo a Samuel. Carla le entregó una tabla manipulada que no era de verdad, sino de no verdad. Se metió la mano en los bolsillos y silbó. Ella sí sacó el 10 que necesitaba.

Tardará

Publicado el 4 de mayo de 2018

El sudor frío le resbala en los zapatos, zapatos de novio, traje de novio, anillos de novios en su chaleco. Ella se retrasa. Su futura suegra se acerca a él: «ya han salido —le dice— no tardará». Y él sabe que sí tardará. Tardará porque siempre tarda; tardará porque tardó en su primera cita, aunque él no le dio importancia, hace ya doce años, cuando ambos cumplían aún veintidós; tardará porque tardó en decirle que sí, seis años después de aquella vez que se lo pidió, con apenas dieciséis; y también con diecisiete, y dos veces con dieciocho y hasta tres con diecinueve. Siempre le decía que no. Dejó de intentarlo con veinte y con veintiuno y por eso sabe que con veintidós le dijo que sí, porque había dejado de intentarlo. Tardará porque también tardó en decirle sí quiero a esta boda; que si aún no estamos preparados, que si será un disgusto para mi madre, que si no tenemos dinero, que si no quiero tener hijos tan joven, que si mi trabajo, que si el tuyo, que si mi ascenso, que si el tuyo. Y por eso sabe que tardará.
El sudor frío le resbala en los zapatos, esos zapatos de novio que no tardarán en salir corriendo hacia otra vida en la que nadie le ponga freno, y no tarden tanto en decirle que sí.

Perdiendo la sombra

Publicado el 23 de abril de 2018

Juanito sale de la fábrica a las seis. El jefe le ha dejado irse una hora más pronto porque hoy es el desfile de Moros y Cristianos y él sale en la comparsa de los Moros Viejos de capitán de su escuadra. Está feliz porque estrena sable y este año va a llevar un caballo abriéndole paso. Sabe que mañana tendrá que salir a las ocho, pero no le importa. Mañana desfila su novia y no podrá verla pero hoy desfila él y ella estará allí para enorgullecerse de él. Cuando baja por su calle se da cuenta de que está cortada por el desfile y no puede llegar hasta su garaje, un pequeño contratiempo que no va a estropear un día de gloria. Da la vuelta para buscar aparcamiento y se aleja bastante porque no hay sitio. Le hubiera valido la pena dejar el coche en la fábrica y haber bajado andando pero ahora ya está hecho y debe aparcar. En un semáforo contesta a los whatsapps de los amigos de comparsa. «Estoy negro, tíos. No puedo aparcar y ya tendría que estar vistiéndome». En el siguiente semáforo lee las respuestas: «Yo no encuentro el chaleco». «Aparca en mi calle, tío». Juanito contesta: «Eso está a tomar por culo». Sigue buscando sitio pero acaba bajando a la calle de su amigo, a tomar por culo. Y Juanito cada vez está más mosqueado. Para esto no salgo una hora antes. Hubiera podido ir andando y ver mañana a María. Llega a casa sudando, su madre preocupada por la hora: «Juanito, ¿quién te maquilla?». «Pues tú, mamá, joder, como siempre». Su madre le ayuda en todo y él sigue con el whatsapp: «¿Cómo vais tíos?». «Estamos en la plaza. Solo faltas tú». Pone miles de emoticones de caras cadavéricas, expresando los nervios que tiene y el cabreo con la situación. «Ya casi estoy. No salgáis sin mí». «Ya nos toca», lee en el móvil. «Cabrones», contesta, perdiendo su sombra en el whatsapp.