Archive for Mayo, 2008

La chica de ayer

He vuelto a ver a la chica de ayer, la del baño: va montada sobre su bici, con los ojos igual de negros, igual de subrayados; está en una esquina, junto a un chico alto, con un suéter de lana azul, inusual para un final del mes de mayo; se miran; por fin él la abraza; ella le devuelve el abrazo desde su bicicleta, largo, lento; la chica de los ojos negros se va con su bici y allí se queda él, en la esquina, con su suéter de lana azul, mirando el camino de ella y llorando.

La raya

-Tía, ¿quieres un poco de raya?
- ¿Qué raya?
- De los ojos– Las dos se ríen.
- ¿Pero es buena?
- Sí.
- ¿De dónde la has pillao?
- Me la he encontrado…
- Y si te la has encontrado, ¿cómo sabes que es buena, tía?
- Porque eso se sabe. ¿Quieres o no?
Cuando salgo del baño encuentro dos chicas frente al espejo, muy jóvenes, de unos veintipocos. Una con el pelo muy negro, corto por delante y mechones largos por detrás, la piel de la cara casi traslúcida. Se subraya los ojos negros con un lápiz más negro aún. La otra lleva dos coletas que le sujetan los rizos de color naranja fosforito. Solo le veo la espalda, hace algo, pero no sé qué.

Cuando el erotismo y la ternura se funden y confunden

Su desnudez junto a la mía me estremece el cuerpo y el alma. Su mirada en mis ojos se convierte en un escalofrío, de la nuca al coxis, que me hace palpitar, lentamente, emocionada. Su saliva envolviendo mis pezones me eriza la piel, toda entera. Entonces una contracción en lo más profundo de mi útero me recuerda quién soy. Por fin el líquido saciante comienza a brotar, transparente primero; blanco, caliente, opaco, denso, dulce, después… Y el bebé consuela su apetito y también su deseo, su deseo innato, prehistórico, insaciable, insistente, obstinado…

Camilo

Y el alacrán inyectó en su propio cuerpo el mortal veneno. Allí quedó extendido, inofensivo ya, inerte. Camilo no tuvo más que meterlo en su bote de garbanzos lleno de alcohol y colocarlo en la repisa de su chimenea; uno más de la colección. Siempre insistía: no mováis ninguna piedra sin avisarme. Nosotros no le hacíamos caso; solo le avisábamos cuando veíamos alguno peligroso. Como éste. Venía corriendo, con su octogenaria vitalidad, y conseguía que el alacrán se envenenara a sí mismo. En sus botes de cristal transparente, de lentejas, de miel o de tomate guardaba los mejores ejemplares: los había pequeños, grandes, minúsculos, ridículos, naranjas, marrones, casi transparentes o negros, como éste. ¡Qué fácil era entonces deshacerse de los alacranes! Ahora ya no estás Camilo y he encontrado uno: está aquí, en mi cama.