Archive for Junio, 2008

«¡Qué ganas tengo de ir contigo, Anita!»

Antonio sube las escaleras deteniéndose cada dos escalones: un pie, otro pie, ahora los dos juntos. Mira sus zapatillas de lana marrones a rayas, zapatillas de casa, de abuelo; siempre le gustaron los mocasines caros que ahora su circulación y sus pies hinchados no le permiten calzarse. Pero ya queda menos. Llega a su despacho, con la librería intacta, como siempre le gustó tenerla, y coge su caja de fotografías: esa caja de latón, marrón de tan vieja, por el desgaste de los dibujos de niños y prados que ya no se ven. Sí que distingue las dos A de sus iniciales, Antonio y Anita, aunque la A de Anita casi ya no se lee, reflejo indiscutible del recuerdo de ella que también se extingue, como el grabado de la A pierde relieve. Encuentra la foto que busca, esa que Anita no se quería hacer porque no llevaba el tinte recién hecho, pero que a él le encanta porque tiene esa sonrisa infantil de vergüenza consentida, de quien sabe que aún es irresistible. El calor de la mirada de Anita le hace ruborizarse y un reguerillo de saliva le resbala hasta el mentón. Tal vez es el contacto húmedo y caliente lo que le devuelve a la realidad y le permite escuchar la voz gritona de la enfermera: «Antonio, que le estoy diciendo que se dé la vuelta para que le pueda cambiar el pañal ¿me oye, Antonio?». Claro que la oye, cómo no la va a oír, con lo que grita. Ya no lleva sus zapatillas de rayas, ni tiene en sus manos la caja de latón desdibujada. Solo le queda un camisón azul y un hilo de baba en la barbilla. Se aferra a la fotografía que aún siente entre las manos y piensa en voz alta: «¡Qué ganas tengo de ir contigo, Anita!». Todavía le quedan unos segundos de realidad para escuchar a la enfermera: «Yo también majo, ¡qué bonico!». Antonio quiere llorar, pero el cerebro fatigado no le responde y en lugar de llanto vierte una carcajada pueril de su boca desdentada.

Siempre tú

Llora el bebé, vas tú
Se queja la madre, tú acudes
Enferma el abuelo, siempre tú
Grita la hija, también tú
Protesta él, tú también
El padre, la madre de él, tú
¿Y si esta vez eres tú? Viene otra tú
Vuelve a llorar el bebé. Adiós
Vas tú.

Amelia y Damián

Amelia está sentada en una silla de su comedor, junto a la mesa camilla que le regaló su madre cuando se casó con Damián, hace ya más de quince años. La silla de Amelia hace cri-cri cada vez que se arrima a la mesa a dejar una carta de su cotidiano solitario. Damián está frente a ella, pero no la mira. Solo tiene ojos para el fútbol, uno de esos partidos que todos miran, menos ella. Amelia lleva puesta una bata rosa pálido con cuadritos, muy corta, casi blanca de tanto lavarla. Una gota de sudor, tibia, le atraviesa el ombligo. La gotita se queda instalada en la goma de sus bragas, blancas, gastadas, de diario. El único ventilador lo tiene Damián, como casi siempre. El As de Copas llega con mucha fuerza a la mesa camilla y el ventilador consigue llevarlo hasta debajo del aparador de la abuela, junto a la tele de Damián. Amelia no ve a Damián, no ve el aparador, tampoco la televisión. Solo su As de Copas. Se arrodilla. Ahora sí la encuentra Damián, allí, delante de él, agachada, con sus piernas en el suelo y entre la bata asomando sus bragas de diario. Amelia no alcanza su carta, se estira hasta que el suelo le alivia el calor de la barriga, los pechos, el pubis. Casi se quedaría allí. Damián ya no puede dejar de observarla. Solo ve las piernas desnudas de Amelia y las bragas húmedas, gastadas y blancas. Amelia recibe un escalofrío desde el suelo hasta las ingles y piensa que es el contraste de temperaturas. Pero no, no es eso: es la mano de Damián, dentro de sus bragas.

Un olor, un recuerdo

Recuerdo la escalera estrecha, empinada, encalada, rugosa, irregular. Si alguien que subía se cruzaba con otro de bajada tenía que esperar turno; no cabíamos dos a la vez. Nunca supe cómo la abuela vieja, mi bisabuela, se las apañaba para colocar sus caderas entre las paredes rocosas de la escalera de la cámara. Nosotros aprovechábamos los recovecos que formaban las piedras blancas para escalar la pendiente, prácticamente sin colocar los pies en aquellos minúsculos peldaños en los que los mayores tenían que apoyar sus zapatos de lado, paralelos al escalón de cemento gris rugoso. Una vez superada la escalera encontrabas la cámara. Recuerdo el olor, húmedo, polvoriento, dulce, de pueblo. En realidad había dos cámaras, una a cada lado de la escalera. La de la izquierda tenía aperos, ropa, jamones y chorizos colgando de las vigas y otros trastos que nunca he sabido para qué servían. La cámara de la derecha era nuestro reinado. Por un ventanuco ceñido y profundo entraba toda la luz de La Mancha en agosto. Aquí, de las vigas de madera colgaban uvas, unos racimos dulces y avinagrados de uvas a medio camino de ser pasas. Pero nuestro trono era aquella cama. Cabíamos hasta seis biznietos cada noche, escuchando los cuentos de mamá, los chistes de papá y las historias de la yaya, casi engullidos por el inmenso colchón de plumas que nos arrullaba y mecía hasta el día siguiente. Hoy, no sé qué olor me ha recordado todo esto.