Archive for Julio, 2008

16 de febrero de 1941

Rosario cumple treinta y ocho años y mañana es su gran día. Ha contado ya los ocho pasos, desde su cama hasta la puerta trescientas veinticinco veces, y solo desde que le trajeron la comida. Hace cinco años que no ha visto a su hijo Manuel. Ahora tendrá nueve. Cuando empezó la guerra se echaron los dos al monte, su marido y ella. Rosario recuerda que no quería abandonar a sus hijos, pero José le insistió: solo serán un par de meses, ¡verás qué pronto nos deshacemos de esos fascistorros! A Josete lo abrazó el año pasado por Navidad. Ya es un hombrecito de quince y le permitieron venir a visitarla con la abuela. Ese día, desde el desayuno hasta la comida, contó quinientas cuatro veces los ocho pasitos, del catre a la reja de la celda. ¡Quién le iba a decir a Francisca que tendría que perder en la guerra a dos hijos, un yerno y que su pequeña pasaría tres metida en un calabozo! Pero ya queda menos. Mañana, si Dios quiere, la soltarán. Mañana Rosario volverá a estrechar a sus hijos, y a su pobre madre. Pero tiene miedo: miedo de que sus niños ya no la quieran; miedo de que los vecinos la señalen con el dedo; de no tener qué comer; miedo de los hombres que la miran así; de que no le queden más fuerzas; de las ladillas, que no se despegan; de las ratas también, aunque ha aprendido a compartir con ellas su mendrugo de pan, para que la dejen dormir tranquila; miedo de no resistir la soledad; miedo de no seguir contando sus ocho pasos; miedo de que la vuelvan a encerrar; de que la sienten otra vez en la silla eléctrica; miedo de los que nombró; de los que mataron; de los que la obligaron; de los disparos que escucha antes de dormir y no sabe si suenan ahora o son el eco de los que oyó; y miedo, mucho miedo, de esa tos ensangrentada que nunca cesa, ni de día, ni de noche.

Por tu nombre

Afrodita se engalana de todas sus virtudes y exhibe fecunda su abundancia plena. El regazo próspero engorda de vida y la simiente tímida germina en él. Así, ilusionada, henchida y satisfecha afronta la madre la promesa de la nueva existencia. La inyección arrojada se asienta, finalmente, en el útero fértil de quien sabe esperar.

¿Alguien podría dormir así?

Otra noche sin dormir. Las tres de la mañana y sin pegar ojo. A ver si contándolo reconcilio el sueño estival, de por sí, resistente. Desde hace unas semanas me acosa una imagen que me obsesiona, sobre todo, de noche. En realidad es una escena que mi retina rescata y mezcla de dos sucesos reales. Hace un mes, volvía de casa de mis padres con Marina bañada, cenada y apuntito de dormir. Aparcamos el coche en el garaje y como yo llevaba muchos bártulos la niña iba delante de mí, sin cogerla de la mano. Cuando llegamos al rellano del ascensor, Marina, con su piel de terciopelo recién bañada, sus bucles rubios con olor a Nenuco, su pijamita blanco y rosa de Prenatal y sus dos años apunto de cumplir, encontró algo en el suelo, y, como un trofeo, lo cogió. Era una cucaracha muerta, larga, naranja, sucia, con sus antenas y patas repugnantes enredándose entre los deditos inocentes de mi niña. La reacción de la madre, preñada de histeria, os la podréis imaginar.  Sin embargo, y aunque pudiera parecerlo, esta no es por sí sola la secuencia que me perturba. Esta se combina con otra que me ocurrió semanas antes, con una cucaracha también como repulsiva protagonista. En esta ocasión mi encuentro fue en un retrete público, con un fuerte dolor de barriga que me impedía salir corriendo y otra cucaracha, boca arriba, enfrente de mí. Para no verla, se me ocurrió tirarle un montón de papel higiénico, con tal mala fortuna que la cucaracha resucitó y se puso a agitar las nauseabundas patitas enérgicamente. No pude hacer más que subirme a la taza del váter a la espera de que parara de una vez la danza agónica del bichito infecto. En la imagen que me persigue cada noche estamos todas en el váter, la niña angelical, las dos cucarachas mugrientas, y yo, con el culo al aire y subida histérica en el w.c. ¿Alguien podría dormir así?

¿Y cómo decirlo?

Mari Cruz Sebastián está sentada sobre la taza del váter, quitándole los piojos a su hijo, que ha vuelto del campamento. Mientras le pasa la liendrera por el pelo está pensando la forma de decirle a su marido que se ha gastado casi mil euros en el traje de la comunión para el niño.

Antonia Muñoz sabe que va a decepcionar a su nuera, pero le tiene que decir que no podrá recoger a su nieto el próximo miércoles después de la catequesis. Sabe que ella le sonsacará la verdad así es que ya ha pensado cómo hacerlo: llamará a su hijo para que le diga a ella que tiene que ir al endocrino, por lo de su tiroides. ¿Cómo podría decirles que tiene el cumpleaños de su amiga Maruja y van a ir al baile? Imposible, mejor la excusa del médico.

Carlos Alcázar está sentado sobre su montacargas amarillo, lleva con cuidado los paquetes de leche al almacén y sonríe con disimulo a su compañero Sergio, al de la línea de cajas, del chaleco azul, que es tan guapo. Todavía no sabe cuándo ni de qué manera le va a decir a su mujer que ha encontrado a otra persona.

Carlitos Alcázar Sebastián está sentado en el suelo del recibidor, con la Nintendo DS; espera a que llegue su padre del almacén para contarle todo lo del campamento. Lo que aún no sabe cómo decirle, ni a él, ni a mamá, y mucho menos a la abuela, es que en la excursión se ha hecho ateo y no piensa tomar la comunión.