Archive for Agosto, 2008

A Manolita

La yaya ManolaDe la yaya Manola no he heredado más que el color de los labios, un malva fuerte que no necesita pintalabios. No me quejo, es un buen legado, aunque no me hubiera importado que la genética me hubiese regalado algún otro parecido más. Pero estoy muy contenta de otras cosas suyas que me he apropiado, como una voz deleitosa que todavía escucho cantando por las mañanas Polichinela o Sant Pere i Sant Joan o Yo tenía diez perritos, canción infantil que todavía les canto a mis hijas. Sigilosa y complaciente, la yaya Manola parecía que se quedaba en segundo plano, pero siempre surgía en el momento preciso, como cuando por la noche se acostaba la primera, después de haberse levantado muy temprano, y cuando parecía que ya no estaba se la oía desde la habitación rectificarle al yayo Enrique el título de una película, una fecha o el apellido de algún actor. Incluso cuando nos reñía lo hacía con una voz dulce y amorosa, y si te fijabas bien le podías ver esa misma sonrisa de la foto, en los labios y en el brillo de los ojos, orgullosa casi de la trastada de turno. Nunca olvidaré su voz, su sonrisa enamorada y su cariño, una herencia eterna que siempre me acompaña.

Irrealidad

Amanda escribe impetuosa en su blog de madera húmeda… ese diario abrasador como la hojarasca que no cruje y donde impregna, quimérica y febril, el amor correspondido. La fantasía deshojada entre palabras embusteras descubrirá poco a poco un mundo marino, sabroso, pero indeciso y obtuso. Y sin darse cuenta, la realidad, esa decepción metálica y rugosa que lija la piel cobarde y que desnuda la dificultad desdeñada al principio… Es la pasión fría, una tempestad luminosa y distante, frente a otra mujer, extraña, disonante y remota, como aquella mariquita que agoniza entre mis manos, indiferente al empeño apasionado que le protege.

El velatorio

Me gusta contemplaros a todos desde aquí; estáis muy serios y tristes pero, desde mi lugar privilegiado, puedo observar vuestros gestos apenados, vuestras miradas huidizas, vuestras manos cruzadas… Ya sé que un velatorio no es la mejor ocasión para disfrutar de la familia, pero al menos puedo veros a todos reunidos.
Qué bonita se te ve Carmen, aun con tus ojos enrojecidos por la pérdida de tu madre. Es duro, ¿verdad? Y sin embargo, yo estoy contenta; contenta de poder observar tu sufrimiento, de comprobar lo que yo ya sabía: que querías con todas tus fuerzas a esta difunta, que ya nunca más se podrá quedar con los niños, y tampoco te aburrirá, repitiéndote una y otra vez que «la mujer compuesta quita al marido de la otra puerta».
Toni también está guapo de negro, pero no le sienta bien contener las emociones. Nunca le gustó que le viéramos llorar… Aprieta tanto los dientes para evitar el sollozo público que le tiemblan los labios al hablar, y este gesto, sé que no le abandonará en muchos meses, como un luto involuntario que solo apreciamos quienes le conocemos bien.
Y tú, Antonio mío, qué pequeño te veo hoy. Nunca me habría imaginado que este gigante sin alma con quien he compartido los últimos treinta y dos años de mi vida me ofrecería su primera muestra de amor el mismo día de mi entierro…

La criadita

Apenas había cumplido ocho años cuando la criadita supo que era especial. No conocía más nombre que ese, ni llevaba otro calzado que sus pobres pies descalzos. De sí solo sabía que su madre fue la criada de la casa donde vivía y que murió de parto, sin que hubiera un padre conocido. Así es que, además de echarle en cara que era hija putativa, los amos también le reprochaban tener la cabeza tan grande al nacer que del último empujón desgarró a su madre, quien murió desangrada horas después. La única persona a quien la criadita puede agradecer gestos de cariño es a Nany, la cocinera, negra de ébano, que tuvo la paciencia de empapar la leche de una misma cabra en su propio delantal para alimentar a ese bebé que ya nació con el estigma de la culpa.
Una tarde, después de sacar brillo a la plata del ama y ayudar a Nany a cargar los dos cubos de agua que «su pobre espalda iba a hacer crash un buen día y ese día nadie beberá en esta casa», fue a dar de comer a las cabras. Hacía pocos días que había comenzado el invierno, y escondió sus pies, que estaban mojados, entre la paja, y el calor húmedo le reconfortó. Tenía pocas sensaciones buenas con las que recordar esta, así que acudió a ella como la única. Estaba despierta, de eso siempre estuvo segura, pero cerró los ojos para disfrutar de esos instantes. En aquellos segundos de libertad vio a su madre, tan negra como Nany, envuelta en las sábanas blancas entre las que murió. Le dijo con voz natural, no de ultratumba como la criadita se había imaginado, que siempre sería especial. Le explicó por qué tenía la piel casi blanca, siendo ella tan oscura, y que nunca se avergonzara de no tener padre. Que sí lo tenía y, aunque no lo pareciese, estaba siempre protegiéndola. La criadita estiraba los brazos para impedir que su madre desapareciera otra vez para siempre y no logró más que asirse a las sábanas que una vez ya las separaron. Cuando no quedó más rastro de su negra madre abrió los ojos y en el puño de su mano izquierda había quedado atrapado entre dos mundos un jirón de la tela que la envolvía. Desde entonces, siempre supo la criadita que conseguiría todo cuanto se propusiera.

Hace más de 50 años

Pepita llama orgullosa a su marido. Se burla de todos los que tienen que inventar «cariños», «chiquis» o «amores» para nombrar a sus parejas. Ella solo grita ostentosa el nombre de su «Amat» y aunque a continuación no haga más que chillarle y regañarle por cualquier cosa, ya le ha dicho que le quiere… Hace más de 50 años que Pepita grita «Amat» cada vez que se le escapa una gallina, cuando él le pisa una tomatera recién plantada o si entra en la cocina, sin meterse en la ducha, después de dar de comer a los cerdos. Hace más de 50 años que Amat escucha la voz gritona y penetrante de Pepita cuando está lista la cena, cuando Misho coge una rata o si descubre una nueva gotera. Y a pesar de aquella noche de sábado que sonó el teléfono para que alguien les dijera que su hijo pequeño había tenido un accidente de coche, del que no vivió más; a pesar de la mísera pensión de pagés; a pesar de la presión de los ricos del pueblo que quieren que quiten las granjas de cerdos, para no soportar su olor; a pesar de los camiones que rozan la ventana del dormitorio, desde que hicieron la carretera a la playa justo por su terreno que quedó dividido en dos; Pepita, desde hace más de 50 años, sale cada noche de la ducha, en verano y en invierno, y entra en la cama, completamente mojada para acurrucarse junto a Amat que hace como que le despierta, como que no la espera y mientras la seca con su cuerpo ambos se ríen de su broma infinita.