Archive for Septiembre, 2008
Una bata blanca
La muchacha de la bata blanca sabe que no debería coger el coche. No ha dormido más que dos horas, entre el paciente de las dos de la madrugada, que ya no recuerda porqué ha venido, y el de las cuatro, el que traía la infección esa tan rara en toda la piel. Sabe que no debería conducir porque además está preocupada por el hombre de las cuatro: no le ha acertado con el diagnóstico y le ha mandado a casa sin tratamiento. Las luces de un camión la distraen del paciente de la infección cutánea. Pero es demasiado tarde. Ya no puede hacer nada por él. Por sí misma tampoco. La bata blanca es lo único que permite identificarla.
Y de Manolita, a Manolo…
Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así. Pelea por lo que quieres y no desesperes si algo no anda bien. Hoy puede ser un gran día y mañana también. Por cierto, ¿qué es eso de puentear las arterias coronarias chungas con trozos de otras más sostenibles? ¿Ya has empezado con la robótica? De todas formas, ten cuidado de que no te arranquen las espinas doradas, tarde o temprano las echarás de menos. También recuerda que todos te esperamos a la caída de la tarde, de verdugo o verduguillo, en el escenario de Turandot. Y que te dejen ser feliz por los cuatro costados del corazón de Neruda, oyendo música balcánica en Irlanda del Norte, en verbenas de verano o escuchando zarzuela en el Palau de les Arts. Pero ¿quién dijo que yo era risa siempre, nunca llanto? Como si fuera la primavera ¡no soy tanto! Y como el burro y la nieta no saben si mirar de lejos o de cerca, igual que los tres hermanos de Silvio, nos conformaremos con seguir abrazándonos.
¡Que tinguem sort!
Un taxi, por favor
A Dembo le sudan los pies y sabe que solo le sudan los pies cuando está extremadamente nervioso. No hace más de veinte días que le han convalidado su título de Arquitecto, y hoy es la primera vez que tiene ocasión de mostrarlo. Sus mocasines marrón oscuro no delatan el sudor pero no le gusta resbalarse en su calzado. Se encuentra como a la deriva, otra vez. Lleva un traje claro un poco gastado, casi ya de color hueso, pero junto a su piel tan oscura casi parece tan blanco como cuando se lo dio su padre, hace ya dos años, el día que se marchó de casa. Dembo corre detrás de un taxi y no entiende porqué le hace correr y no se para, y no quiere correr más porque se le resbalan los mocasines y tampoco quiere empezar a sudar su traje blanco, ni dejar huellas de humedad en su gran carpeta negra con sus valiosos documentos. Hoy es un día muy especial y quiere estar impecable. Pero casi es la hora de la entrevista y todavía está en la parada. Murmura algo, en su francés de Togo, y podríamos adivinar lo que dice, porque es el segundo taxi libre que le esquiva, porque es evidente que va a llegar tarde a la entrevista y porque teme desgastar su esperanza en un país donde los negros no pueden ni subir en taxi.
Gritos
No le he contado a Beatriz que ya eran las cuatro de la mañana cuando me entregué toda entera. Que él buscaba y encontraba todos los huecos de mi cuerpo donde me hacía estremecer. Que cuando se acomodó entre mis piernas gocé de ser mujer. Que mi cuerpo emocionado tembló con él, junto a él, debajo de él y entonces grité. Y grité muy fuerte y él gritó también, pero no tanto como yo, porque él nunca ha sufrido que le silenciaran, porque él no ha tenido vergüenza de gritar, porque a él no le han impuesto que calle su grito… Después me dio la risa y se lo conté todo. Y se sintió triste por mí y contento también porque ahora ya puedo gritar con él, y después nos duchamos y debajo del agua también gozamos. Y ya eran las seis de la mañana y me llevó en brazos a la cama y aquí nos hemos quedado, dormidos, desnudos, enredados, hasta hace un rato… Tampoco le he contado a Beatriz que es la primera vez en mi vida que me siento así, tan entregada, tan vulnerable…