Archive for Octubre, 2008

Pisadas

Las dos de la mañana. Sara ha dado ya demasiadas vueltas en la cama, suficientes para saber que esta noche no va a dormir. La almohada, despachurrada; ella, comprimida. No le hace falta leer el mensaje del móvil que ya se sabe de memoria: «oy estabs guapísima no creas ke no me e fijado». Necesita beber algo. Sale descalza de la habitación para no hacer ruido y baja los peldaños de la escalera de puntillas, huidiza, avergonzada. El frío del terrazo le devuelve la razón por unos instantes. Pero el sobresalto del hielo al caer en el vaso la humilla en el silencio. Teme despertar a los demás. Desde abajo oye la melodía indiscreta y moledora de otro mensaje de móvil. Esta vez tiembla, destripándose a cada paso. La piel erizada del frío y el miedo: «necesito verte kedamos?». Ya ha perdido del todo la esperanza de dormir. Querría contestar no sabe qué, pero el teléfono la pulveriza. El estrangulamiento insistente de su jefe la reduce al silencio.

El árbol fantástico

Ayer por la tarde iba yo paseando, sin rumbo fijo, sola, sin nada que hacer. Buscaba una y otra vez el agujerito del bolsillo izquierdo de mi chaqueta marrón; me ayudaba a no pensar. Aburrida, me detuve en un banco del parque, rodeada de jolgorio infantil y pipas adolescentes. Como de inmediato, en un golpe seco, se hizo el silencio. Un árbol del parque me estaba hablando a mí; solo a mí. Podría ser un alcornoque o una encina, pero me hablaba. Su tronco rugoso y marrón se aferraba a la conciencia a través de un hueco añejo en forma de boca que movía sin parar. Yo no le entendía. Me esforcé en leerle los labios pero es complicado leer en la boca de un árbol, podéis creerme. Sus potentes raíces asomaban aquí y allá engarrotadas por los años. Pero con un gesto vigoroso de sus ramas quería mostrarme las hojas, sus hojas de las copas altas, verdes celofanes apunto de echar a volar. Busqué el agujerito de mi chaqueta, y no lo encontré. Y por eso todavía sigo en el banco del parque.

Menopausia

Tres años hace ya que la pequeña, la saltarina, se marchó. Tres años que ella todavía escurre los espaguetis como a ella le gustan. Tres años también que se siente estrujada en el estereotipo de una mujer de su edad. Como un sapo solitario alrededor del que han tejido un extraordinario entramado de abedules altos, de esos que no dejan ver el sol. Tres años en los que se atiborra de atardeceres salados cobijada en un manto estudiado de convenciones. Años para llevar los miedos de antes. Paralizada en la orilla del mundo, se enfrenta cada día al quehacer aceitoso, como un subeybaja cargado de errores. En el lento caudal de un río que le lleva a su fin.

Contra el destino

Antonia estrecha la mano huesuda y artrósica de Saturnino. Hace muchos años que lo hizo por primera vez. También aquella vez notó sus huesos. Recuerda que le impresionaron esas manos delgadas y fuertes, curtidas del trabajo de carpintero. Recuerda el día que él se marchó a la guerra, y las veces que le dijo que volvería para casarse con ella; recuerda también que nunca volvió y ella y su familia lo dieron por muerto. Recuerda, y quiere olvidar, el día de su boda con Antonio, esa boda que no pudo evitar porque llevaba un hijo en su vientre. Aunque también recuerda que fue feliz con Antonio aun añorando a su primer novio. Las Ramblas de Barcelona son testigo de su reencuentro y por eso Antonia y Saturnino vuelven a ellas cada tarde, desde el pasado 16 de marzo cuando un abuelito le dejó sitio en su banco. Entonces Antonia reconoció en él a su Saturnino, aquel que desapareció hace más de setenta años. Pero la mano vieja y huesuda de Saturnino le hace olvidarlo todo y, aunque recuerde, parece que están en el 36, y este beso, que en verdad es el primero, es el que debieron darse entonces.