Archive for Noviembre, 2008

Códigos ocultos

El código de DX555ab no coincidía con el de JH355xh. La prueba era incorrecta y deberían haberse desechado los productos antes de su desarrollo. Pero esta vez algo había fallado. DX555ab había llegado al proceso de gestación pertinente por méritos propios y estaba orgullosa de la perfección de su fórmula genética. Y, sin embargo, le habían asignado un código erróneo. No podía creer que una inexactitud, a todas luces inviable, fuera a truncar su duplicación. JH355xh nunca había destacado por su formulación genética y el día que se encendió su señal de requerimiento creyó que sería para desconectarle definitivamente. Pero no, allí estaba, frente a DX555ab, aunque no dejaba de escuchar algo acerca de un fallo de código, que el sistema no detectaba. La insistencia de DX555ab y la perplejidad de JH355xh acabaron por convencer al Equipo de gestación Nº127 pese a las anomalías encubiertas por una optimización en la señal principal. Deberían haberse desechado los productos antes de su desarrollo, pero sus códigos entraron en el sistema con antelación a su descarte; el dispositivo de desconexión definitiva ya no funcionaba en ellos. DX555ab y JH355xh esconden ahora, entre los sistemas periféricos, dos productos anomálos sin la función autodestrucción y a saber con cuántas otras disfunciones más.

En pleno vuelo

A decir verdad he estado volando toda la semana, lentamente, asida a la vida por un ojo de curiosa. He aprendido a estudiar desde arriba; sin superioridad, sino acatando el punto de vista cenital, hasta ahora desconocido, prohibido. Una mañana advertí dos mujeres que se abrazaban al cruzar un paso de peatones. Ninguna de las dos se decidía a cruzar hacia la otra, pero sí supieron descargar sus emociones en el momento del encuentro, lágrimas incontenibles en una de ellas, falsamente controladas en la otra. Desde arriba pensé que tal vez llevaban mucho tiempo sin verse, que estuvieron peleadas alguna vez, que una de las dos tenía una enfermedad o acababan de perder un ser querido por ambas. También me encontré desde mi paseo aéreo a una pareja joven, ella y él, que parecían discutir; la chica se levantó de la mesa de la cafetería y él se quedó allí, delante de dos cafés sin probar y con un invisible tembleque en los labios, que pude achacar al miedo a perderla definitivamente, a la rabia de estar con alguien que siempre quiere tener la razón, o a la certeza de oír lo que no se quiere escuchar. Un perro abandonado, al que no pude ver las lágrimas porque no sé si lloran los perros pero en el que pude comprobar todos los síntomas. Y esa madre que daba a su hijo una paliza tremenda, queriendo dársela a sí misma por no haber sabido educar mejor a ese quinceañero, cuando pudo haberlo hecho. Y entonces quise llorar yo, pero aún no he averiguado cómo lloran las palomas.

En qué sintonía

No hace mucho leí que cuando giras por una calle y te encuentras a alguien de frente y te desplazas a la derecha para poder pasar y esa persona también y después a la izquierda y también te sigue y así sucesivamente varias veces, es porque estás en sintonía emocional con esa persona. A veces nos da la risa, otras veces noto que el de enfrente se molesta y otras no nos hemos mirado más que los zapatos. Últimamente me fijo más en la sintonía de con quien me choco. Cuando me tropiezo con una mujer con carrito de la compra que se mea de la risa pienso que ese día estoy risueña, y si es con un anciano maloliente con cara de machista gruñón, miedo me da analizar esa supuesta sintonía conmigo misma. Hoy he tenido una experiencia fuera de lo común y es que me he encontrado en ese choque emocional con una paloma. Ella venía volando, confiada de que la acera era suya, y se ha encontrado en pleno vuelo conmigo, que volvía a casa desterrando la faceta de mamá y apoderándome poco a poco de la mujer independiente. En esto que la paloma, suspendida en el aire, se ha desplazado a cámara lenta hacia la derecha, y yo también, y ella o yo hacia la izquierda, y la otra lo mismo. Al final ha aterrizado brusca en el suelo, en mis pies, y hemos vuelto a hacer la misma operación. Cuando he conseguido doblar la esquina, ya sin mi empática amiga, he soltado una carcajada que habrá asustado al siguiente que hubiera querido encontrarse en mi camino. Primero he pensado que hoy tenía ganas de volar, de ser libre, y eso me ha gustado. También me he planteado la posibilidad de que esta mañana podría solucionar algún conflicto y de ahí mi choque con el símbolo de la paz. Tampoco está mal. Pero pronto he recordado eso que se dice de las palomas que son “las ratas del aire” y la verdad es que no me apetecía demasiado identificarme con un animal infesto al que muchos detestan. Así que prefiero sintonizarme con mis propios anhelos de libertad. La semana que viene os contaré cómo ha ido mi vuelo.

Un cachito de nosequé

Sentada frente al sol de noviembre recuerdo el frío invernal de París, cálido souvenir que deja un regusto melancólico en todos los pelillos de mi piel erizada por el aire helado que dicen que viene del polo pero yo sé que ha llegado desde allí, desde el centro mismo de mi continente, para recordarme lo que he dejado y he debido traer conmigo, y aún no sé porqué me decidí a la triste despedida; esa tierna entrega a la deriva del olvido y la renuncia de la que siempre me arrepiento e intuyo que esta vez pasará, como un clavito descolgado de la pared que poco a poco alguien va estirando hasta que sale del todo, así como me he arrepentido hasta hoy de todos los adioses, de todos los hasta pronto, de todos los ya no te quiero, de todos los hasta nunca, de todos los hasta siempre, que son los peores porque mantienen una esperanza de reencuentro que nunca llega y se acaban quebrando en el centro del alma dejando dentro un cachito de nosequé entumecido que duele con el frío, sobre todo con este frío del mes de noviembre que recuerda al frío invernal de París.