Archive for Diciembre, 2008
Unas alas mojadas
Y jugueteando entre las flores del jardín de Otoño, Amelia se cayó de bruces en el estanque. Sus alas se mojaron y Fauno pensó que ya nunca podría volver a volar. Amelia pertenecía al reinado del Día y allí todos volaban. Siempre le habían advertido que podía lavar sus alas en la cascada, pero nunca debía sumergirlas en el estanque. Y no lo había hecho. Hasta ese día. Fauno le contó que detrás de la muralla del sol estaba el reinado de la Noche y allí los habitantes no podían volar, solo andaban con los pies y no tenían alas. Amelia pensó que si sus alas no funcionaban quedaría desterrada al reino de la Noche, así que las agitó cuanto pudo, para conseguir quedarse en el Día. Pidió a su amigo Fauno que le acercara lo más posible al sol para secarse del todo y tanto se acercó que pudo espiar durante unos segundos el reinado de la Noche. Y era cierto, sus habitantes solo andaban. Pero eso no era lo peor: su aire tenía color, gris ceniza, y se movían en unas cosas que echaban mucho aire gris. Además todos parecían tener mucha prisa y se chocaban los unos con los otros. Amelia no quería, por nada del mundo, vivir en un sitio así y tanto se acercó al sol para secar sus alas que Fauno tuvo que estirar de ella para que no se quemara. Y es que ¿qué podría haber peor que no poder volar?
Donde duele el silencio
El viento ruge tras los cristales del ventanal. Tremendos abedules se agitan en el valle mientras en el interior la calma me ahoga. El silencio se hace gigante y echo de menos la vida. Mis entrañas me atenazan junto al recuerdo de sus risas, sus gritos, sus pecas. Y otra vez el silencio aterrador que me arrastra hacia la desaparición. Las lágrimas se agolpan en mi memoria y ya no las puedo retener más. Brotan con desesperación maternal. Y cuando me conmueve ya la ilusión vuelvo a ver su figurilla saltarina entre los abedules, el viento ha cesado y no sé si ha terminado el arresto o estoy delirando.
Certeza
Patricia se recuesta en el asiento del autobús. Los pies le pesan tanto como cuando llevaba los esquís o quizá más. Roberto está a su lado, dormido, silbando suaves ronquidos al ritmo oscuro del motor. Ella sabe, con la certeza que da la juventud, que nunca olvidará este viaje. Roberto ha sido su pareja todo el tiempo: cogidos por la cintura en el supermercado, juntos en el telesilla, uno pegado al otro en la habitación del hotel. Pero no han hablado del regreso, no han pensado qué serán cuando este autobús se detenga por última vez. Patricia cierra los ojos, de agotamiento, pero no quiere dormir porque sabe que cuando despierte su sueño se habrá terminado. Y despierta al recorrer las calles reconocidas. El peso de sus pies le arrastra hasta la negación. Y ahí está su novio esperándola, mientras le da un beso acalorado de bienvenida y ella mira de reojo al profesor de gimnasia abrazando a su mujer, y sabe que nunca olvidará este viaje.
¿Y mi papel?
Mariano mira aburrido la serie de turno en antena tres. Una noche más oye a Cecilia recoger los platos en la cocina y siente algo, como una vaga culpabilidad que esconde bajo todos esos siglos de machismo que siempre le han acomodado. Y sin saberlo, es su propio machismo el que le acobarda. Debería hacer su papel. Pero él nunca fue manitas, ni tampoco madrugador. Inseguro se arrellana en su sillón, siempre hostil, evasivo. Y Cecilia le aplasta, con su certeza, su confianza y su tesón.
El relojero
Las viejas rodillas del relojero temblaban hoy más que nunca. Los cincuenta y tres escalones que tenía que defender hasta llegar al campanario parecían esta tarde cincuenta y tres estirones hacia la muerte. El sudor se le helaba en cada peldaño, aterrado por la idea de no volver a subir nunca más. Los vecinos que se agolpaban para despedirle se le antojaban demonios abriéndole paso hacia el infierno.