Archive for Enero, 2009

Esperanza

No hace mucho encontré en el camino un árbol fantástico que me hablaba de soledad, de tristeza, de anhelos… A mi paso cansado de hoy se ha añadido una línea amarilla, infinita, pintada en el suelo. La raya se llama armonía y me pide enérgica que la siga, que esquive esa tela de araña que tengo adherida al cuerpo y que me obliga a aferrarme a las cosas. No sé dónde me dirige esa marca que me cuenta de esperanzas diferentes, de nuevos caminos, de futuros quehaceres, de otras alegrías… Tampoco sé cómo seguirla, ni cuándo debería abandonarla. Pero ese color amarillo es muy persuasivo y las redes pegajosas que me acompañan han aterido casi, casi hasta mi alma.

Nunca es tarde…

Carmen, con su pelo teñido de rubio, la mirada desobediente, sus más de setenta años y esa dicción atropellada que le acompaña desde siempre, se sienta tímida en su pupitre. Ya hace tres años que va a la escuela de adultos y está aprendiendo lo que nunca pudo ni siquiera saber que existía: letras, palabras, números, libros, cuadros, canciones. Ante ella, y a estas alturas, como ella dice, se abre un mundo nuevo, oculto hasta ahora detrás de los hijos, los abortos, las fregonas, las palizas, las estrecheces, los sinsabores. Hoy toca Taller de lectura en voz alta. La profesora le ofrece un texto sobre una mujer que, como ella, no pasará a la historia pero que, también como ella, ha luchado por sobrevivir en un mundo hecho para hombres. Carmen empieza nerviosa, le tiembla el papel, se le escurren las gafas, algunas se ríen, pero poco a poco se siente identificada con su protagonista y sin darse cuenta lee el texto entero, de un tirón. Ya no se queja de que la letra sea pequeña, tampoco se da cuenta de que dos páginas son demasiado para ella, tampoco ve ya que todos la estamos mirando, ni siquiera se percata de que casi no se atasca en ninguna palabra. Y al final, aunque incrédula, sí se da cuenta de que todos le aplaudimos, a ella, por leer en voz alta, sí, sí, a ella, a Carmen, la tartamuda.

Ese nudo de sentimientos en la garganta que te impide hablar cuando deberías hacerlo

La niña tenía doce años, casi trece. Últimamente nadie la entendía. Tal vez ni ella misma. Hacía tres meses que su madre se había ido a estudiar fuera. Llamaba dos veces cada semana, miércoles y domingo, y venía dos fines de semana alternos al mes. Todo controlado, contado, medido; menos las emociones. La tarde en que la niña dejó de serlo era un domingo aburrido, y sonó el teléfono. Con las primeras notas del aparato todos saltaron de emoción. Era la mamá. Lo cogió el papá en la cocina y mientras él hablaba los tres hermanos hacían cola para hablar por turnos. A la niña se le agolparon en la garganta todas las palabras que quería decir. Emocionada se fue al baño para que sus hermanos no la vieran llorar sin motivo. Quería contarle lo de su frustración por el nueve en sociales, porque ella se merecía un diez pero decía el profesor que el diez no existe; lo de ese chico, que ella sabía, y que al fin le había invitado a su cumpleaños; lo de don Oriente, que la había dejado en ridículo delante de toda la clase cuando dijo que ese lunar que tiene en la espalda es muy seductor, y qué le importarán a ese tío mis pecas. Pero todos esos sonidos fluían solo en su cerebro y se quedaban atascados en un nudo emocionado en la faringe. Su padre llamó a la puerta: “tus hermanos ya han hablado con la mamá, ¿quieres decirle tú algo?”. Y mirando su imagen desolada en el espejo del baño y tratando de controlar los sollozos, se imaginó al teléfono de la cocina, descubriendo ante su madre cuánto la echaba de menos. No pudo más que decirle: “dile que estoy en el baño, y que ya hablaremos el miércoles”. En aquel momento la niña no se dio cuenta de que fue la primera vez que ocultó sus sentimientos por no hacer daño a alguien querido, provocando, sin quererlo, más dolor que el que quería evitar, mala costumbre, que aún hoy lucha por abandonar.

La bestia

La mujer espera al marido. Son ya las doce y media. Desea verle, tocarle, olerle, sentirle. Y que la toque, que la huela, que la goce. Pero no llega. Se acuesta desnuda para que la encuentre más pronto cuando regrese. Querría tocarse ella sola. Pero luego se siente infiel y sin ganas de que él la penetre. No. Hoy le esperará. Desea que sea él quien le dé placer. Y no llega. Es tarde. La mujer se duerme. Aunque no quiere dormir sin él. La despierta de golpe un cuerpo caliente y pesado sobre el suyo. No abre los ojos, para sentir el placer de hacerlo dormida. Y nota su cuerpo violento, tierno y salvaje que la envuelve entera. Sus manos son garras delicadas que se clavan placenteras en su piel. Y su boca, como fauces de bestia, lame todo su cuerpo sin lastimar. La mujer se deshace, asida a la melena del animal. Abre los ojos, agitada, sudada, extasiada. Gira sobre sí misma todavía jadeando y encuentra la nuca dormida de su marido. Reconoce su pelo moreno, recortado y aún engominado. Solo ha sido un sueño. La decepción quiere borrar el placer cuando descubre en su muñeca las marcas de unas uñas. Se reconforta. Recupera su goce solo para dejar paso al terror. En su mano todavía asoma el mechón de la cabellera rojiza de la bestia.