Archive for Febrero, 2009
Permiso para amar
Ella esperó a que él la rozara debajo de la mesa para hacerse ilusiones. No podía permitirse ninguna confusión. La mujer de él la aburría con las anécdotas de sus gemelas; su marido la atormentaba con sus silencios. Y la pierna del otro volvió a hacerle temblar. Ella esperó esa mirada para soñar despierta. Sus anhelos parecían tener ahora permiso para dejarse sentir. Y esa sonrisa fugaz le recorrió desde el pecho hasta el centro del alma. Ella esperó; esperó esa sonrisa para enamorarse, otra vez.
Fantasmas
Ésta será la última carta que te escriba. Y no por gusto, sino porque llega la hora de decir adiós definitivamente. Hace siete años que relleno estas largas cartas para estar cerca de ti y tú ya hace demasiados que no me contestas. Al principio sí: un suspiro en la nuca, una caricia en el aire, un leve movimiento de una cortina, imperceptibles para todos pero no para mí. Pero ahora, hace ya demasiado que no te siento, que no te percibo, que no te noto, aquí o allá. Todos decían que era mi fantasía la que me hacía imaginar que aún estabas conmigo pero, y si fue mi imaginación, hoy ya se ha ido. Te he buscado, te he añorado, te he encontrado en los más mínimos gestos, y también te he contado todo esto y muchas más cosas, pero hoy llega el día de decirte adiós, de enterrar mis anhelos así como hace años enterré tu cuerpo. Con lágrimas, con dolor, con amor, hasta siempre.
Amor
Las palmeras se chocaban unas con otras, en un baile triste de tramontana. La noche se apresuraba, y aquella mañana lenta se les echó encima. ¿Quién eres?
San Cucufato
“San Cucufato, San Cucufato, los cojones te ato, si no encuentras mi pendiente, no te los desato”. Y el pobre San Cucufato se habrá quedado ya más de doce años con los cataplines anudados en un trapo de cocina. Y el pendiente que perdí nunca apareció: uno de esos objetos al que le impones el alma de quien te los dio y, sobre todo, si procede de alguien que ya no está entre los vivos. Menos mal que siempre me quedó la pareja de ese pendiente que un día inconsciente perdí por esa manía imperturbable de tenerle alergia a los metales. Y anoche, vino alguien del más allá para recordarme que aunque perdiera aquel objeto siempre se acuerda de mí y que allí, en el infinito, se cruza a menudo con San Cucufato y se lo encuentra con los testículos retorcidos por unos y por otros. Así que, aunque aquel trapo de cocina desapareció de mi vida en el traslado siguiente, he simulado otro nudo en un pañuelo y he rezado “San Cucufato, San Cucufato, aunque no encontraras mi pendiente, los cojones te desato”. ¿Quién sabe? A lo mejor ahora, sin tanta presión, me encuentra las cosas perdidas el nuevo San Cucufato.