Archive for Mayo, 2009
Purpurina amarilla
Tenéis razón, pequeñas almitas de la noche que sigilosas venís a susurrarme al oído canciones consejeras de optimismo. Y es que a veces uno cree ver lo que sólo sueña y recuerda más de lo que imagina. Pero no me abandonéis en el desconsuelo y la desesperanza porque gracias a vosotras revivo al día siguiente del duelo y el llanto; y detrás de toda ausencia, de todo mal trago, de todo sinsabor aparecéis vosotras, damitas de la conciencia, y llenáis mis palabras oscuras de purpurina amarilla con olor a jazmín.
Otra primavera rota
Una primavera resquebrajada por la humedad y la ausencia, de ese calor que no llega y parece decirte que no te confíes porque la añoranza siempre llega con retraso y el tren que espera salir con el buen tiempo se ha parado en la penúltima estación, esa que parece que en lugar de arribar, alarga el viaje, un viaje eterno por las estaciones que nos escribe desde el invierno y nos cuenta de amor, de nostalgia, de cárceles, torturas, pasiones y destierros, pronosticando que esta primavera también se romperá, justo por donde no lo esperas, por la esquinita de arriba, la que te habla de esperanzas, de luchas y recuerdos, la que necesitabas para que templase la ausencia.
Nunca olvidarás a Alicia
La sangre de Alicia todavía se secaba entre mis dedos. Desde entonces, el olor a hierro oxidado me devuelve el recuerdo de mi imagen patética tratando de arrancar de entre mis uñas su rastro de vida, o de muerte. Alicia aún me miraba desde sus ojos vacíos. Y yo sólo sabía llorar. Ni siquiera atinaba a liberarme de ella. ¿Cómo sesenta y dos kilos podían pesar como doscientos? ¿Y cómo llegó a caer sobre mí? La policía tardó en llegar y me encontró todavía con la mujer que había amado pegada a mi cuerpo, como susurrando que no la olvidara. Y no podré. Esa imagen del destino me acecha en cada madrugada, en todas las noches y los días que he jurado que soy inocente.
Había una vez
Había una vez un ático estrecho, con un pasillo largo y oscuro que daba a un iluminado comedor, donde no sé cómo cabíamos veintitantos en Noche Buena, y una cocina con la pila alta de mármol que servía para bañarnos, quitarnos piojos y fregar montones de platos. Las ventanas del comedor se asomaban a los tejados de los gatos, que sirvieron para que más de uno abandonara el chupete. Había además un baño pequeño, logro de la modernidad que había tardado mucho en llegar a esta casa de suelo de mosaico valenciano, techos altos y talla de principio del siglo pasado. Y al final del todo estaba la terraza, reinado del yayo, su bata, sus juegos de competición, y su tos; y de la yaya, con sus plantas, sus rulos rubios y el aroma de su café recién hecho. Pero también era nuestro. Podíamos estar horas al sol jugando con caracoles, martillazos que atraían a las abejas, juegos de mayores que aún no entendíamos e historias de terror con Marieta de protagonista. Eso sí, antes de llegar al paraíso había que subir cinco pisos, como diez, con viejos escalones desgastados, y atravesar el recuerdo de vidas que nos habían contado en cada una de las nueve puertas abandonadas de las que salía un aire frío con olor a miedo. Arriba del todo, la infancia tenía lugar, con sabor a fritillas y chocolate.
