Archive for Julio, 2009
Presagio
Aquella noche me desperté sobresaltada; eran las cuatro y veintitrés minutos de la madrugada cuando mis ojos se abrieron de repente y mi cuerpo empapado se resistió a continuar en la cama alzándose bruscamente como un resorte. Sólo diez minutos después sonó el teléfono.
El extraño caminante
La otra tarde, paseando por un monte de pinos y carrascas, vi la figura de un hombre cuya sombra se dibujaba y desdibujaba según el viento moviese su larga y desgastada capa medieval a un lado o a otro. El estrecho sendero por donde caminábamos permitía que yo, de vez en cuando, me camuflara entre los frondosos arbustos y observara con detenimiento la actitud del extraño caminante. Llevaba un sombrero, casi de copa aunque un poco raído, del mismo gris borroso que la capa, y unas botas de punta, demasiado altas para un día de calor. Pero lo que pude contemplar de su actitud era aún más sorprendente que su aspecto. El hombre se acuclilló ante una de las piedrecitas del camino y la observó con fervor. La cogió con la mano izquierda, entre los dedos índice y pulgar, y su cara, también desgastada por el sol, se iluminó con la belleza de lo que en sus ojos se leía único. Dejó donde había encontrado la piedrecilla y continuó caminando. Unos pasos más adelante, el hombre se volvió a acuclillar; había encontrado otra minúscula piedra que estudiaba con el mismo detenimiento que la anterior y en el brillo de su mirada también se podía descubrir su admiración. Volvió a la misma operación y un poco más allá tornó a arrodillarse para encontrar una tercera piedra. Para mi asombro, que ya me había acostumbrado a los gestos de entusiasmo de mi desconocido paseante, esta vez su semblante se volvió decepcionado y creí adivinar en él que había descubierto que esta piedrecilla era igual a la anterior e idéntica a la primera y que no había nada extraordinario en ninguna de las tres. El caminante dejó la última chinita, se sentó en mitad del sendero y esperó. Tal vez estuviera descansando, o pensando. Más tarde, cuando yo ya estaba apunto de retroceder y dejarlo con sus reflexiones, comprobé que se volvía a levantar, ayudándose de una rama de romero que no pudo con él y casi le hizo caer. Con la rama de romero en la mano, e impregnando de su olor todo el camino, volvió sobre sus pasos y encontró, en el mismo sitio donde la había dejado, la primera de las piedrecillas. La volvió a tomar entre sus dedos, en el mismo gesto minucioso de antes y mientras yo esperaba el mohín de frustración de la última vez, en esta ocasión apareció de nuevo el rasgo de admiración y es que, ahí, en el lado izquierdo de la cara plana de la piedra había una pequeña ranura, de un verde húmedo, que teñía a la pequeña piedra del camino del excepcional tono del tesoro que el caminante estaba buscando.
Lágrimas con sabor a limonada
Walid apura su limonada casera, y ese olor templado a canela y hierbabuena le convierte en el dueño. Asmae reconoce en el gesto de su marido todos los siglos de dominio recogidos en un brazo que seca un bigote mojado de limonada dulce y amarga. El hiyab anudado al cuello alto de un suéter blanco disputa con su piel morena. Pero la mirada de sus grandes ojos oscuros es triste, aún detrás de su sonrisa de luna llena. Asmae mira de reojo a Walid. Quisiera decirle que ya no le quiere, que nunca le quiso, que con doce años no se puede querer a un marido impuesto de quince. Y que hoy, veinticinco años después, cuatro hijos más tarde y demasiadas limonadas, ya no le quiere. Pero el gesto de amo que Walid aprendió de su padre, y éste del suyo, y aquél del propio, la vuelve a aplastar en el silencio eterno, lleno de lágrimas de limón, canela y hierbabuena, lágrimas que hace muchos siglos que ya no le consuelan.