Archive for Octubre, 2009
Remedios
Remedios subió al tercero, con las bolsas de la compra tirando de su rutina. Cada escalón le torturaba con los kilos que debía perder y que ella se empeñaba en mimar, a pesar de todo. Ya no los volvería a subir, ni a bajar en siete días; su repetida semana de reclusión sin llamadas, sin conversaciones, sin visitas, sin hijos, sin sus dos nietas redonditas que ya no le traían; con su tele, su punto de cruz y su chocolate. Remedios subió al tercero y ya no bajó. Dos semanas tardaron en encontrarla, cuando Paquita, la del ultramarinos, notó la ausencia de Remedios, la clienta de todos los martes.
Nadie
Sofía se estremece con un viento frío que le despeina el alma. Sobre ella ha pasado de largo la felicidad desplegando las alas del menosprecio y los celos. Las paredes de la cafetería, de un naranja chillón, le gritan a la cara sus miedos; y Sofía parece clavada a la silla en la que él la ha dejado. Las palabras que acaba de escuchar todavía resuenan en el aire: “Mi mujer nos ha pillado; tenemos que dejarlo”.
Más allá de la soledad
La taza me ardía entre las manos casi congeladas; el café hirviendo me calmaba el helor del cuerpo pero no había nada capaz de derretir la rabia que se me había incrustado más allá de la soledad. Mi casa, ahora fría y vacía, me atrapaba en los cálidos recuerdos que nunca volverían. Ella se había ido dejando para siempre un hueco helado dentro mismo de mis entrañas que, ni siquiera en los momentos en los que creía no recordarla, he podido templar. Mi café me abrasaba por fuera y me entumecía por dentro.
De noche
Una respiración ahogada detrás de mi ventana me atraviesa el sueño. Crujidos en el salón me encogen la valentía y me obligan a refugiar los oídos con la almohada; pero llora mi bebé y he de acudir, superando el miedo. Entre el llanto susurra un claro mamá, a sus veinte días de vida. Creo escuchar rumores en la noche, voces entrecortadas que de forma burlona parecen decirme que no les atienda si quiero dormir algo antes de que despunte el día. Mi niño está inquieto, tal vez por mi espanto, y nos acurrucamos juntos en mi cama para no oír las canciones de muertos que llevo dentro. Entonces las canturreo alto para espantar a sus dueños, mientras se hace de día y temo que vuelva la noche, aunque sé que volverá y podré dormir unas semanas antes de que regresen de nuevo, y, esta vez, para siempre.