Archive for Febrero, 2010
Traición
Aquellos años en la facultad fueron los mejores de su vida: las risas, los novietes, la pandilla… Aún recuerda el olor del café de las tres de la mañana, cuando ya no podían más y todavía les quedaba por estudiar los tipos de demandas penales. Recuerda todo eso cuando sube al taxi que la llevará lejos de esos recuerdos. Hacía tres años que no se veían, y veinte desde que acabaron Derecho. Pero hoy ha muerto esa amiga en la que un día creyó. El taxi la conduce al cementerio. En el trayecto revive sus palabras: «No creo que pueda»; «me arriesgo mucho»; «yo ahora estoy muy bien considerada en el bufete y no puedo interceder por ti, compréndelo, vienes de oficio y aquí, no es por nada, pero estáis fatal vistos los de oficio». «Aquí no puedo hacer nada pero le puedo dejar tu currículum a un colega de menores al que no le vendrá mal tu experiencia barriobajera, no es por ofender, mari, pero aquí no encajas para nada». «Mándame tu dirección por mail y ya te digo algo… ¡ah!, y dale recuerdos a tu madre». Y por eso va ahora al cementerio para darle recuerdos a su madre, que hace un año murió, y porque no tiene otro sitio donde llorar la pérdida de quien un día creyó su amiga.
Sonríe si me reconoces
El esmalte de las uñas está cuarteado, pero ya no me da tiempo de repasarlo. Tengo que salir hacia el aeropuerto. Este rojo de los labios se ve demasiado fuerte, así no me reconocerán. Todo me da vueltas, el corazón me late tan fuerte que tengo la sensación de que el taxista me va a pedir que deje un rato de dar esos golpes: pam-pam, pam-pam, que parece que resuenan fuera de mí. A ver si salta ya todo este esmalte. Hace cinco años que no les veo. Cinco largos años que salí de Bogotá con la maleta vacía. Allí dejé a Andresito, con sólo dos años, y a Pedro, que ya era un hombrecito de seis. Ahora tendrán siete y once, y seguro que ya no me reconocen, aunque sea su madre, aunque lleve cinco años mandando cartas y llamando todos los viernes, el día mejor de la semana, el que he esperado con ansia durante 246 semanas. Pero hoy no creo que se acuerden de mí, aunque mírales yo les he reconocido enseguida al bajar del avión porque tienen el mismo andar de siempre, la misma mirada temerosa e implorante de cuando el avión lo cogió su madre y, mira, sí, sí, esa sonrisa feliz de quienes han reconocido a su madre aunque hacía tanto, tanto tiempo…
Amor
La pequeña Miriam y Henri, el saboteador, huían de la mafia cuando les sorprendió el terremoto. Han quedado atrapados entre los escombros de un edificio y aunque tocan dos de sus dedos con dos del otro no se pueden mover. La boca de Henri sabe a sangre y a cal pero él sabe que saldrá vivo de ésta. No sufre por él sino por la pequeña Miriam, la haitiana de cinco años, que parecía deficiente mental y que se le había pegado a él como si fuera una hermana pequeña; la hermana que nunca tuvo, la familia que no conoció. Henri sólo tiene siete años y hoy sabe lo que es amar a la pequeña Miriam, a la que oye gemir y llamarle y puede tocar con sus dedos estirados y gritarle que resista que vendrán a por ellos.