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Traición

Aquellos años en la facultad fueron los mejores de su vida: las risas, los novietes, la pandilla… Aún recuerda el olor del café de las tres de la mañana, cuando ya no podían más y todavía les quedaba por estudiar los tipos de demandas penales. Recuerda todo eso cuando sube al taxi que la llevará lejos de esos recuerdos. Hacía tres años que no se veían, y veinte desde que acabaron Derecho. Pero hoy ha muerto esa amiga en la que un día creyó. El taxi la conduce al cementerio. En el trayecto revive sus palabras: «No creo que pueda»; «me arriesgo mucho»; «yo ahora estoy muy bien considerada en el bufete y no puedo interceder por ti, compréndelo, vienes de oficio y aquí, no es por nada, pero estáis fatal vistos los de oficio». «Aquí no puedo hacer nada pero le puedo dejar tu currículum a un colega de menores al que no le vendrá mal tu experiencia barriobajera, no es por ofender, mari, pero aquí no encajas para nada». «Mándame tu dirección por mail y ya te digo algo… ¡ah!, y dale recuerdos a tu madre». Y por eso va ahora al cementerio para darle recuerdos a su madre, que hace un año murió, y porque no tiene otro sitio donde llorar la pérdida de quien un día creyó su amiga.

Sonríe si me reconoces

El esmalte de las uñas está cuarteado, pero ya no me da tiempo de repasarlo. Tengo que salir hacia el aeropuerto. Este rojo de los labios se ve demasiado fuerte, así no me reconocerán. Todo me da vueltas, el corazón me late tan fuerte que tengo la sensación de que el taxista me va a pedir que deje un rato de dar esos golpes: pam-pam, pam-pam, que parece que resuenan fuera de mí. A ver si salta ya todo este esmalte. Hace cinco años que no les veo. Cinco largos años que salí de Bogotá con la maleta vacía. Allí dejé a Andresito, con sólo dos años, y a Pedro, que ya era un hombrecito de seis. Ahora tendrán siete y once, y seguro que ya no me reconocen, aunque sea su madre, aunque lleve cinco años mandando cartas y llamando todos los viernes, el día mejor de la semana, el que he esperado con ansia durante 246 semanas. Pero hoy no creo que se acuerden de mí, aunque mírales yo les he reconocido enseguida al bajar del avión porque tienen el mismo andar de siempre, la misma mirada temerosa e implorante de cuando el avión lo cogió su madre y, mira, sí, sí, esa sonrisa feliz de quienes han reconocido a su madre aunque hacía tanto, tanto tiempo…

Amor

La pequeña Miriam y Henri, el saboteador, huían de la mafia cuando les sorprendió el terremoto. Han quedado atrapados entre los escombros de un edificio y aunque tocan dos de sus dedos con dos del otro no se pueden mover. La boca de Henri sabe a sangre y a cal pero él sabe que saldrá vivo de ésta. No sufre por él sino por la pequeña Miriam, la haitiana de cinco años, que parecía deficiente mental y que se le había pegado a él como si fuera una hermana pequeña; la hermana que nunca tuvo, la familia que no conoció. Henri sólo tiene siete años y hoy sabe lo que es amar a la pequeña Miriam, a la que oye gemir y llamarle y puede tocar con sus dedos estirados y gritarle que resista que vendrán a por ellos.

Me acuerdo

La noche se cuela triste por mi ventana cerrada. Me acuerdo de ti. El día se despierta nublado diciéndome a gritos que no me demore. Y también me acuerdo de ti. La mañana transcurre serena y hoy también me acuerdo de ti. La tarde me acecha una vez más con sus lamentos y la noche se quiere volver a colar. Y, entonces, aunque me acuerdo de ti, sonrío.

Lunes

Es lunes. Mario se levanta a regañadientes y después de comprobar que fuera está nevando enciende el aire acondicionado. Necesita una ducha hirviendo para entrar en calor pero con el champú todavía en el pelo se apaga la luz. Laura ha encendido demasiados aparatos eléctricos y han saltado los plomos. Los niños tardan una eternidad en levantarse. Los lunes es Mario quien los acerca al colegio pero hoy llegarán todos tarde, seguro. Durante el desayuno, pelean; alguien ha dejado un monopatín donde no debía. Entre el ajetreo, una taza de café se vuelca y va a caer sobre la camisa de Mario. ¿Hay alguna manera de arreglar este lunes?

Aquella hormiguita

No hace mucho alguien me preguntó con qué imagen de mí misma me reconocería. Yo le dije que soy una pequeña hormiguita escalando una montaña blanca de azúcar que se va deshaciendo a su paso haciéndole caer y resbalar una y otra vez. La negra y minúscula hormiguita, con demasiado esfuerzo llega hasta arriba del todo, casi blanca ya de tantos años, de tanto polvo de azúcar. Hoy, me recuerdo con cinco o seis años, jugando a las carreras de hormigas con mi yayo Juanito y mis hermanos. Cada uno se identificaba con una hormiga del campo y la que llegaba primero a la meta imaginaria hacía ganar la carrera a su dueño. Creo que yo nunca gané y por eso todavía sigo identificada con mi hormiga, hasta que consiga llegar a la meta.

Mi amiga la mariquita

La mariquita se encontró sola en el bosque. Se hizo de noche y el frondoso hogar donde vivía se le echó encima como los brazos de un fantasma envuelto en un viento frío y oscuro. La pequeña mariquita no sabía más que temblar, esperando los rayos que volvieran a calentar su temperamento y desterrar su inquietud. Y aquella noche cerrada se iluminó de repente. La mariquita reconoció a la luciérnaga que intentaba que la oscuridad fuera más llevadera para todos sus amigos. Y así fue, la luz había vuelto y la pequeña mariquita ya no tenía miedo, ni más soledad. Así me encontraba yo hace un par de días.

Exilios

Antonia se ha levantado esta mañana con la boca reseca, margen callado de las montañas de allá que nunca se quejan. Hoy rechinaban sus dientes con el frío del norte que ya no siente porque hace mucho tiempo que regresó, y sin embargo aún se quejan sus huesos del helor austriaco que un día dejó atrás creyendo que volver a su tierra era un deseo y que por fin calentaría su cuerpo ya cansado. Y aquí, ahora, añora el frío y también a Warner, y por eso se levanta con las montañas de allá resecando su boca.

Mal augurio

Se ha roto el jarrón, mal augurio. Ramón vendrá borracho. Mira el gato, se ha sentado en su sillón. Mejor. Pero Luci, no le esperes, tonta, si ya no vuelve. ¿No te acuerdas, que se ha ido? Sí, ya me acuerdo. Pero, ¿por qué se ha roto, entonces, el jarrón?

¿Y mi destino?

La muchacha del pantalón blanco corría y corría para alcanzar el tren. Cuando rozó con sus yemas el frío del hierro no pudo más y dejó de correr. Ningún pasajero llegó a su destino.