La Mari

Publicado el 21 de enero de 2017

La Mari, con el vestido rojo chopado del agua. Viene con tormenta desde el barranco de las tuertas hasta la plaza. Y sin parar de llover. El que tiene delito es el Antonio que ni se le ocurre sacar el coche para ir a por la Mari porque dice el güevudo que acaba de lavarlo. Nadie en el barrio entiende por qué sigue con él. Bueno sí, todos saben, porque la Mari no para de decirlo, que ella no es una puta y que una mujer de bien solo se divorcia una vez, pero también saben todos que esa pobre mujer no elige muy bien a los maridos. Y llega a la plaza chopada y el Antonio viendo la tele.

No necesito tanto

Publicado el 23 de diciembre de 2016

Nunca terminará la nada tecnológica porque nadie nació preparado. No siento tanto miedo, no tengo tanta paciencia. Nadie nunca me explicó que siendo nosotros podemos sentir. No necesito tanto tecno; no siento con datos ni con informes. Siento con manos, con dientes, con nervios, con corazón, como antes, sin infinitos, sin ordenadores, sin aparatos cansados de tanto pensar.

¿Por qué tormenta?

Publicado el 7 de noviembre de 2016

¿Por qué tormenta el día de su graduación?, se preguntaba Johan detrás de su ventana. ¿No había en todo el año un día mejor para llover? Y es que ¿se habían puesto de acuerdo todos los astros para estropearle todos y cada uno de los acontecimientos importantes de sus dieciocho años de vida? ¿Por qué granizó el día de su comunión? ¿Qué había hecho él para que el simulacro de incendio le estropeara su primer beso? ¿Quién decidió que Casinos debía quedar completamente inundada el día que salía Johan de cofrade en la procesión? ¿Y esta noche, tormenta?

En un hueco de mi mente

Publicado el 15 de marzo de 2016

En el hueco de mi mente estabas tú. Un dibujo inacabado de seres imposibles, de imágenes abstractas de algo bello que no sabes dónde va. Buscando lealtades en un fondo de estructuras así, de cualquier modo. En el cobijo de tu labia, siempre cierta, de mi llana ilusión. Como una meada inesperada en mitad de la noche desapasionada, así, en ese hueco de mi mente estabas tú. ¿Qué? ¿Quién? ¿Dónde? Tú, en ese hueco de mi mente donde no sé ya quién cabe. Donde habrá que reabrir para encontrar algo más que este vacío. Donde buscar un cobijo fiable de esa figura que fuiste un día y que hoy es ese vano en el que nos encontramos. Yo, como una geisha desubicada, tú, como una sombra inacabada de lo que fuiste, opaco, como siempre, acorde en tu indefinición. Un bufete con llave donde nunca encuentras nada, mas que tu desquicio ante ese hueco de mi mente en el que estás. Un sistema de caminos en el que no nos encontramos; un lugar en ninguna parte donde abrazarnos a cañonazos, osadamente, como nosotros. En ese palacio que quisimos construir y hoy se derrumba en mis pies donde no estás tú, donde mi peaje es tan alto, donde mi cuerpo se arruga como una lechuga. Funda esos sueños que están lejos de mí porque esta mujer, con un hueco en su mente donde ya no estás tú, no es un mueble.

Amparo II

Publicado el 9 de febrero de 2016

Pobre Deli. No puedo olvidar el gesto que se le ha quedado cuando nos hemos marchado del hospital. Parecía como si la cuerda que siempre nos ha unido se hubiese transformado en lana frágil; que la lana hubiera dejado lugar a una goma; y esa goma hubiera ido cediendo y cediendo hasta que se ha convertido en hilo fino; un hilo que, por fin, se ha roto, dejándonos a cada una en un extremo, incapaces de volver a unirnos. Y, ¿por qué lo he hecho? ¿Por qué me he vuelto con Ernesto así, sin más, defraudando a mi amiga de esa forma? No sé, creo que sufro de doble personalidad, ¿cómo se llama eso?, ¿enajenación transitoria? Eso creo que es. Bueno, ¿y si es transitoria por qué sigo aquí? ¿No debería volver a revertirse? Es como la película esa de Buñuel, El ángel exterminador. Un grupo de personas quieren salir de una casa a la que han sido invitadas y no pueden hacerlo, sin que haya una razón lógica que les obligue a quedarse. Eso me pasa a mí, estoy atada a esta casa y a esta familia, aunque el sentido común me dice que debo abandonar, y el miedo a salir me atora y me obliga a quedarme dentro. De repente, creo que ahora sí necesito todas esas pastillas…

Señales de luz

Publicado el 25 de enero de 2016

La lámpara de la mesita se enciende otra vez, como una señal que me das para que te espere, sin saber que hace años que te supongo, aunque nunca llegues, aunque estés dormido, aunque tú no me busques entre las sábanas como yo te busco a ti. La lámpara de la mesita se vuelve a apagar, porque suelo interpretar mal esa señal que nunca es certera y si creí que querías encontrarme entre tus brazos, ahora sé que sólo querías abrazarte a ti mismo, en tus elogios, en tus éxitos, en tus mentiras. La lámpara de la mesita se vuelve a encender y esta vez no me equivoco porque ya sé que tus caricias, tus besos, tus palabras de amor no son para mí, sino para ti mismo, y para todas tus amantes que ensalzan ese ego que tanto alimentas mientras yo creía en esa figura que un día llamamos amor. La lámpara de la mesita se vuelve a apagar y esta vez sigue apagada.

Viernes, 13 de noviembre de 2015

Publicado el 14 de noviembre de 2015

Es viernes y es trece, y de repente todo está oscuro, en silencio. Un calor húmedo penetra por debajo de la ropa de Lucien. Suave y líquido, y entonces nota el terror. No puede moverse y le invade un profundo olor a hierro que le transporta a su hogar, al tacto frío de la barandilla de la abuela. Puede escucharla cacharreando, oye de forma nítida cómo bate enérgica los huevos, da fuelle a la chimenea y aclara los platos bajo el fuerte chorro del grifo. Esos sonidos se le hacen cada vez más cercanos hasta que se da cuenta de que el fuego que oye está junto a él. Le entra pánico. Un miedo pegajoso que le recorre la garganta. Sabe que está cerca de la muerte porque su infancia se le hace presente. Esta vez con sabor a chocolate, a avellana, a Navidad. Y su abuela se hace un hueco en medio de esa escena dantesca. Va con su gorro de invierno, su camisón blanco y su sonrisa dulce que le coge de la mano, con aquella mano fuerte que siempre tuvo. Es viernes, y es trece, y aunque hace generaciones que no somos supersticiosos, la abuela de Lucien estaba preparada para ir esta noche a por él.

La piedra que ponías encima

Publicado el 22 de octubre de 2015

La puerta era de color madera, de esas maderas negras de tanto marrón oscuro y de tanto barniz para poder aguantar los inviernos nevados y los veranos tórridos de La Mancha. Al entrar olía a polvo, a humedad porque era planta baja, a los chorizos que la abuela estaba ya preparando y otro olor dulzón que no sabías identificar hasta que no subías a la cámara y veías colgar los racimos de uvas a medio camino de ser pasas. Y cuando te sentabas en la mesa todos los sabores del pueblo se hacían presentes: las morcillas, la panceta, las longanizas, el queso manchego, el pan que jamás volverás a probar igual en ningún otro lugar, y el agua dulce de tan mineral. Y en ese momento no sabes si vender o no la casa de la abuela. Que si está muy lejos, que si ya no vamos nunca, que si cuesta mucho mantenerla, que si qué bien nos iría ahora un dinerillo, que si el tío Antonio ya ha vendido, que si nos ahorraríamos hacer el váter de obra, que si, que si, que si… Y entonces me acuerdo de la cuadra donde teníamos que salir a mear, a cagar, a vomitar las grasas del pueblo que nuestro estómago de ciudad no admitía. Me acordé de aquella piedra que había que poner encima, cuando hacías, para que tus padres y tus hermanos no la pisaran porque la linterna que cogía el papá no alumbraba nada y mis hermanos alumbraban a los ojos para fastidiar, en vez de al suelo para ver lo que pisabas… Y, aunque no quisieras, llegaba el lunes, y todos a Valencia, con tu váter sin piedra, tu ducha de agua caliente, tu sofá, tu tele, tus amigos de ciudad que no llevan el “la” delante del nombre y tu rutina. Y el recuerdo de la piedra que ponías encima me hace pelearme con toda mi familia, al decidir quedarme para mí la casa de la abuela.

Hasta no se sabe cuándo

Publicado el 2 de octubre de 2015

Lucía se recoge el pelo ante el espejo. Su pelo castaño claro, en una trenza angelical que recuerda su niñez. Pero ya tiene 32 años y su mundo de cristal se está empezando a tambalear. Los niños en el colegio, la casa recogida, la comida preparada y su cita con él. Su primera vez. ¿Antonio sospechará? Las piernas se le paralizan en el segundo paso. Retrocede. De vuelta en casa, se lamenta. Pero ¿por qué no? Él también lo hace… Y sabe que ese argumento aún la paraliza más. Lucía se deshace la trenza ante su espejo, en un día que pudo y no fue, aunque ni ella sabe hasta cuándo.

«Con miedo y todo, que tiene más mérito»

Publicado el 11 de septiembre de 2015

¡Qué dolor de barriga! ¿Serán los nervios? ¿Me habrá sentado algo mal o el virus de la pancha? ¡Qué se yo! La verdad es que estuve toda la noche pensando qué me podría inventar para no ir a la exposición oral. Pero si digo que me duele la barriga van a decir que son nervios y la profesora es capaz de suspenderme, o a lo mejor me aprueba con un cinco porque en el teórico saqué un siete, o a lo mejor me deja que lo haga otro día, o a lo mejor me suspende todo el curso, o a lo mejor… no se me ocurren más opciones… Pero ¿y si es virus y se lo paso a todo el mundo? Porque los virus se propagan por el aire, que de eso también he tenido examen esta semana. Y toda la clase ahí vomitando y cagando. ¡Eso estaría guay! La profesora y todo, así nadie podría hacer la exposición oral (incluido yo mismo). También podría ser que me hubiera sentado algo mal. Como anoche me quedé a dormir en casa de mi padre porque mi madre salía de fiesta y me dio para cenar un pollo frío, requemao, seco… pero yo creo que me sentó mal porque no estoy acostumbrado a tanto silencio. En casa de mi madre siempre cenamos con la tele a tope, los mellizos (que no sé con quién los dejó anoche) dando la lata, y el novio de mi madre renegando por la cocina. Y hablando de los mellizos, seguro que están en casa de sus abuelos, que no sé por qué ellos tienen que tener unos abuelos guays, con perro y todo, y a mí me toca tener una abuelita de misa diaria que nunca come carne porque dice que es cuaresma. No sé qué habría hecho anoche con el pollo requemao… Ya sé que mi madre diría que es normal que tenga celos. «Es normal que tengas celos, cariño». Pero no es eso, es que no sé por qué a los mimaos estos les toca todo lo guay, hasta los abuelos, y a mí todo lo chungo: un padre que me da pollo asqueroso (que seguro que es lo que me ha sentado mal) y que además es un pesao, unos hermanos puñeteros, una abuela anticuada, una exposición oral… ¡Ostras! El cartón para la clase de tecnología está en casa de mi madre… (recordando mis cosas chungas). Pero claro, aún tengo que decidir si voy o no al instituto. Y si no voy, tengo que pasar antes por casa de mi madre, y de todas maneras también tendría que ir porque anoche no pude repasar la exposición oral porque me traje a casa de mi padre la funda de las gafas vacía. Sin gafas. Si estuviera en casa de mi madre me diría que no fuera al insti, que ella me haría justificante. Pero tener que hacer la exposición oral otro día… ¡Qué vergüenza! Se me pondría la cara súper roja, como siempre, pero más aún, casi violeta por ser el único de ese día, estoy seguro. Me voy a casa de mi madre, con mi dolor de barriga, a ver si me hace ella el dichoso justificante de falta. ¡Oh, no, el aspirador! Es miércoles y toca limpieza en casa de mi madre… Pues, cambio de idea, mejor cojo las gafas, el cartón para tecnología y me voy a mi exposición oral, como dice mi sicóloga «con miedo y todo, que tiene más mérito».