El Pino Panzón

Publicado el 29 de julio de 2015

¿Quién me mandaba a mí casarme con el Pino Panzón? Si ya me lo decía mi madre que los panzones eran unos gandules, que no hacían más que holgazanear todo el día pavoneándose por el pueblo de que este terreno es mío, esas caballerizas son de mi tío, y que aquéllos son mis segadores… ¡Anda y que les zurzan a todos ellos! Y yo voy y me caso con el más alto, con el Pino que le decían de chico, y así se ha quedao, con el Pino Panzón, que éramos las risas de todo el pueblo, fíjate tú, el Pino casado con la jardinera. «Ándate con ojo, Pino», le decían sus amigos, «que la jardinera te poda pronto las ramas». Y no le he cortao nada, no, aunque bien se lo merece, porque es tan gandul como todos los Panzón, que ya lo decía mi madre. Y ahora, encima, ya ni se pavonean porque aquellos terrenos los han malvendío, porque las caballerizas se han arruinao y porque ya no hay segadores que valga. Porque los nuevos panzones han sido tan torpes que ni guardar lo que tenían han sabido. Y éste el más tonto, el Pino mío. «Que no, que dáselo a madre que tiene menos. Que no nos hace falta que mi mujer trabaja. Que se lo quede el Antoñito que tiene cinco hijos…». ¿Y yo qué? Yo también tengo dos panzonetes que encima mala suerte tienen de tener por padre al más tonto de todos… ¡Todo lo que tiene de alto lo tiene de tonto! Si ya me lo decía mi madre…

Hay personas a las que uno no las entiende aunque vengan con subtítulos

Publicado el 12 de julio de 2015

Y aquí estamos, un viernes más. Yo, frente a mi plato de lasaña de verdura y él frente a su pizza barbacoa, mi agua y su pepsi-cola. Cinco años casados, tres de novios. Y en el mismo Gino’s. Olor al sudor de la camarera, color rojo de su delantal, de mi servilleta. Y uno de los dos tiene que sacar el tema. No seré yo. La lasaña se me apelmaza en la garganta. El sabor suave y cremoso de otras veces se me hace ahora pastoso, macerado, como nuestra relación. Los dos sabemos que si él no saca el tema yo no lo haré. La salsa barbacoa le chorrea por la barbilla y entonces se decide:




— No es que ya no te quiera, nena…

Y yo solo puedo mirar al chorretón marrón rojizo resbalándole sobre el mentón.

— Ah, ¿no? —atino a responder.

— Claro que no, nena. Yo te quiero como el primer día pero es que…

Y el «pero es que» me atraviesa decidido…

— Es que, ¿qué?

— No sé, nena, que ya no es lo mismo… Que tú vas a tu bola, yo a lo mío, y ya no hablamos, no nos reímos…

Y entonces pienso que de qué coño está hablando si hace años que no aparece por casa más que para ver el fútbol y siempre con sus amigotes y sus mujeres y siento como si él estuviera hablando en alemán y yo en ruso, como cuando siendo yo pequeña, y tan zalamera como era, vinieron unos amigos de mis padres que eran alemanes y que apenas hablaban español y yo, siendo tan zalamera como era, y ya creo que no lo soy, cogí a uno de ellos de la mano para ir de paseo. Cuando me cansé le dije: «me suda la mano», y él me contestó «¡ya!, que soy alemano», y me tocó ir cogida de él hasta que llegamos a casa. Ahora igual. Quien habla alemán es él y yo no entiendo nada, aunque si pusiera subtítulos, ahora mismo en lugar de «tú vas a tu bola y yo a lo mío» pondría «te estoy poniendo los cuernos». Y donde él dice «nena démonos un tiempo» su subtítulo es «quiero ser libre». Pero al llegar al «nena yo te quiero mucho», yo leo «no me pidas el divorcio porque mi padre me mata». Y donde dice «no atosigarnos» es «no me agobies». La salsa barbacoa pegada y seca en su barbilla. La servilleta roja arrugada, la lasaña entera en mi plato, el sudor de la camarera más agrio.

— Nene, te pido el divorcio.

Y en mi servilleta, por si necesita subtítulos, pone: «Nene, te pido el divorcio».

Cómo deshacer la palabra amor sin que se rompa

Publicado el 21 de mayo de 2015

Quisiera deshacer la palabra amor. Y cómo deshacerla sin que se rompa. Que deje de existir. No. Que deje de pronunciarse. Que nadie la utilice. Le llamamos amor, pero no es. No me pidas que te dé amor porque no es eso. Necesito tu cuerpo. Quiero quedarme en ti, una noche, un día entero, una pasión determinada. Pero ¿amor? No le llames amor, porque no es eso. Desandemos el camino. Olvida la palabra dicha. Entrégame tu cuerpo como hasta ahora, sin promesas, sin palabras, sin tequieros. Nuestros cuerpos enlazados deshaciendo la palabra amor, pero sin romperla, quizá algún día la tengamos que pronunciar.

Un octaedro de indecisión

Publicado el 27 de abril de 2015

Un octaedro de indecisiones se me presentaba aquella mañana. A mí que siempre me ha gustado la simplicidad. Esta vez todo se complicaba. Lo único que había concreto, seguro, cierto, era aquel olor al salitre del mar que no había manera de quitarme de encima. El preservativo femenino estaba sobre la mesa, envuelto, intacto, sin usar. Eso también era evidente y certero. Y también la desnudez de mi tristeza que no había manera de ocultar. Aquella mañana hacía calor, un calor que contrastaba con el frío de la noche anterior, un paralelepípedo de seis caras que todas me apuntaban a mí. El silencio no me ayudaba a decidir, al contrario, un tic-tac invisible se apoderaba de mi indecisión. Una mañana perezosa, lenta, salada; una decisión urgente que se negaba a aparecer. La sensualidad de la noche no me dejaba pensar en el nuevo día. Mi criterio se había quedado atrapado entre los cuerpos desconocidos. Pero las emociones sobraban aquella mañana. Mi decisión tenía que ser racional, libre de pasiones, de ataduras sentimentales. Un octaedro de desesperación se volvía a dibujar ante mí. No había tiempo que perder. No había demora. Ni el ventilador podía con aquel calor sofocante que contrastaba con el frío de la noche anterior, aquella noche en la que él había penetrado libre y valiente, sin protección. Y esa mañana la decisión no sería libre, ni siquiera valiente. Seguía agarrada a mi octaedro como a un tronco de árbol que me indujera seguridad. Mientras no decidiera seguía libre. Pero no podía retrasarlo más. Mi indecisión comenzó a oler a miedo. No era tan fácil como lo había planeado. El octaedro empezó a perder aristas y un triángulo de menos posibilidades se empezó a dibujar. Desde luego un consolador eléctrico hubiera traído menos problemas. Decidí tirarme a la piscina, y en ella tiré también las pastillas del día después. Un octaedro de indecisiones que redibujó un nuevo círculo.

La Marta o Marta la gorda

Publicado el 23 de abril de 2015

En el pueblo le llaman La Marta, en Valencia Marta Carmona porque en el trabajo hay tres martas. También habrían podido decirle Marta la gorda porque una de las otras es anoréxica, cincuentona y divorciada y la tercera, veinteañera tipazo. Ella recuerda que cuando entró hace veinte años como auxiliar administrativo, puesto en el que aún continúa, no había ninguna otra Marta y podía ser Marta a secas, aunque rellenita siempre ha estado, la verdad. Y aunque cuando llega el verano se arrepiente de los polvorones de Navidad, los buñuelos de Fallas y de las monas de Pascua, no cambiaría su cuerpo por el de Marta García, aunque podrían llamarle Marta la anoréxica. Nuestra Marta nunca ha entendido a las anoréxicas, pero mucho menos a las que lo son sin ser adolescentes. Marta García se puso un balón gástrico para adelgazar cuando se enteró de que su marido le había puesto los cuernos. Le dio una segunda oportunidad a su matrimonio y decidió perder peso para reconquistar a su marido. En la oficina todo el mundo sabe esta historia. Se quedó tan flaca que ya nadie la reconocía, ni siquiera su marido. Y ella se enamoró, pero de sí misma. Se gustó tanto dentro de la talla 36 que cuando llegó la hora de quitarse el balón no quiso hacerlo. Y por supuesto el marido la dejó. Ahora le avisa a nuestra Marta cuando ve que se pasa con el chocolate: «Martita, la mujer compuesta quita al marido de la otra puerta…», y ella le contesta «que se vaya a la otra puerta, que se vaya si hay cojones…» y se muerde la lengua por no decirle «…de lo que te sirvió a ti», y sigue con su tableta de chocolate negro con almendras que esta noche compartirá con su Antonio, que en el pueblo es El Antonio y en Valencia, Antonio a secas porque en la fábrica de cartones no hay más Antonio que él.

Un extraño amanecer

Publicado el 20 de abril de 2015

El azúcar le pegó un bajón. Se lo había notado de golpe. Las piernas le temblaban, el pulso lento, la flojera… Era un amanecer extraño. El sol del Este dibujaba una sombra a su izquierda. Una sombra que en ese momento se ladeaba sin fuerzas, en forma de «e». Se acurrucaba sobre sí misma, tratando de no pensar en nada. Ni siquiera escuchaba los sonidos. Entonces se preocupó. A su alrededor se le apagaban las risas de los demás, esas risas de las que había participado hacía tan solo unos minutos. Pero ahora no las escuchaba, no quería oírlas. Normalmente el mareo le duraba poco, pero esta vez se estaba impacientando. No se le pasaba, y un sudor pegajoso empezó a recorrerle. Se arrepintió de haber mezclado aquellas bebidas, de las pastillas que le habían ofrecido y no supo decir que no… Ya no podía entender las risas apasionadas de sus amigos que más bien le molestaban ahora. Habría gritado con ansia un aviso a los demás que no llegaba. Su voz no obedecía. Y de golpe se desplomó. Un clavel blanco que no vería otro amanecer.

La pequeña historia de Sole

Publicado el 24 de marzo de 2015

Soledad era aprendiza de dependienta en Telas Marymar. Diez horas al día, sábados incluidos, por poquísimo dinero al mes y muy poco tiempo libre. Pero no se quejaba. Era una chica resuelta, se camelaba muy bien a las clientas y su jefa, doña Marymar, por enésima generación, la trataba tan mal como a sus compañeras. Con la Joaqui enseguida entabló amistad. ¿Cuándo comenzó? Hará ya seis años, más o menos. Ella tendría entonces dieciséis y la Joaqui unos 27 o 28. El padre de Soledad, que era proveedor de mercería, había conseguido el puesto ideal para su Sole pero ya le habían advertido que debía comportarse con seriedad. ¡La mayor dificultad para ella! Y precisamente por su alegría todas las clientas querían que ella les atendiese. Pero eso era ahora. Hasta que la conocieron bien, la Sole había pasado por ladrona, por perezosa, por maltrabaja, por gorrina… Solo la Joaqui lograba que se le olvidara la tristeza por el trato que recibía. Le decía una y otra vez: «No hagas caso, Sole, así es esta empresa, solo creen que vas a ser buena trabajadora si te pisotean, pero tú no te dejes niña, no te dejes». Y así transcurrieron los años de aprendiza en Marymar, negándose a ser infeliz. La Joaqui se casó, tuvo mellizos, un mal parto y tardó más de una año en reincorporarse. Cuando regresó, la Sole tenía novio. El Pere era majo, pero no muy buen partido, porque su padre era agricultor y él vendía fruta en el puesto del mercado. Allí se conocieron. Fue, decididamente, un flechazo. La Joaqui nunca se enteró, pero ella renunció a su puesto de dependienta y volvió al de aprendiza porque aunque la Sole se quería casar y necesitaba el dinero pensó que a la Joaqui, con los mellizos y su marido en paro, le haría más falta. Y tres años después, así, de repente, llegó aquella decepción que a punto estuvo de quebrantar su alegría. Aquella mañana entró un caballero con traje oscuro, llamó a la señora Marymar para solicitarle un negocio. La Sole escuchó a hurtadillas que el hombre trajeado pedía una joven para hacerla encargada de una nueva tienda en la calle principal. Y también escuchó a la Joaqui entrando en aquella conversación. «No se os ocurra llevaros a la Sole, es maltrabaja, gorrina y ladrona». Y aquel día, la Joaqui creyó que ganaba aquel puesto, pero más ganó la Sole, pese a la decepción.

Sara Petrovska, bailarina de ballet clásico

Publicado el 8 de marzo de 2015

Estos paisajes no me acaban de convencer. Demasiado rojo, o quizá verde en exceso, poco azul, muy luminoso aquí, muy oscuro allá, excesivamente monótono… No sé. ¿Cuándo dejó de entusiasmarme? ¿Por qué me pasé a los paisajes? Tal vez debería volver al retrato, pero no. Lo dejé. ¿Por qué lo dejé? Lo sé bien. El último retrato que hice fue el de Sara Petrovska, bailarina de ballet clásico. En aquella época hacía retratos. Pintaba niños, bebés, recién casados, mascotas, deportistas… Yo me había casado hacía tres años y mi hija Carola tenía entonces dos añitos. Correteaba entre las pinturas mientras yo disfrutaba retratando almas. Me encantaba mirar a los ojos, buscar su esencia en ellos y entonces el dibujo salía solo, después el color, finalmente la textura. Hasta que Sara Petrovska apareció en mi estudio. Nada más verla entrar su belleza me cautivó, era un rostro que no podías dejar de mirar. Y sin embargo mi primer instinto fue de rechazo. «Que me encargue el retrato de otra persona, que no sea para ella…». No era la primera vez que eso me pasaba. Antes ya me había ocurrido con otros clientes a los que les encontraba unos rasgos difíciles de retratar, desagradables o tan perfectos que eran imposibles de igualar. Cuando vi a Petrovska entrar fue lo primero que pensé, demasiado hermosa. Y tardé semanas en llamarla, excusándome en que tenía muchos pedidos. Finalmente, me vi obligada a hacer aquel trabajo contra mi voluntad. En cuanto miré en sus ojos para buscar su fondo encontré lo que había estado tanto tiempo evitando. Sara Petrovska llevaba dentro el rencor, los celos, la maldad… Una cara perfecta, un cuerpo escultural envueltos en una melena rubia de puro odio. Acabé aquel encargo sin detenerme, sin implicarme. En dos semanas terminé el retrato de una mujer muy bella pero sin alma. Aparentemente quedó bien. La tarde que aquella mujer salió definitivamente de mi estudio mi vida se acabó para siempre. Mi niñita se apagó. De repente, sin explicación. La puerta acristalada se cerró y mi Carola se derrumbó; sin más. Sara Petrovska, con el retrato en las manos, se marchó sin siquiera girar la cara ante el revuelo. Y desde entonces yo ya no me atrevo a mirar a nadie a los ojos, por temor a ver demasiado. Y por eso continúo pintando paisajes.

Un arroz insípido

Publicado el 13 de febrero de 2015

El arroz estaba pasado, insípido, incoloro. En fin, asqueroso. Sabía que si lo probaba me iba a sentar como una patada en el estómago. Literalmente. Pero no podía dejar de comerlo. Tenía miedo a su reacción. Horas preparándolo para que llegara yo y le hiciera el desprecio. Serían sus palabras. Sabía que todo aquello era un numerito de celos, otro más… pero cómo evitarlo. Si comía, malo; vomitaría. Si no, peor; bronca. Y cogí la botella de coca-cola para beber a morro si no soportaba el arroz. Pero se me escapó de las manos, yo creo que por los nervios, y acabó en el suelo. La bronca estaba asegurada, comiera el arroz o no. El suelo marrón y pegajoso, los cristales por toda la cocina, y la cara de ella… Y no sé por qué me preocupé entonces por el escándalo que podría armar si montaba en cólera, como todo anunciaba. ¿Por qué pensaba en los vecinos, en lugar de en mí mismo, que pobre de mí, acabaría muy mal ese domingo? Fui a por las zapatillas de felpa de debajo de la cama para no dejar más huellas de coca-cola por toda la casa y para hacer tiempo y ver qué hacía con el maldito arroz pasado, insípido e incoloro. No hacía más que dar vueltas en círculo. Mi dormitorio, el baño, el salón, sin llegar nunca a la cocina donde estaban ella y el arroz. Mis pasos en círculo hacían ñic-ñic, por la coca-cola, pasos que acababan en el sofá. Podría no comer… por un día que no comiese… Ella estaba recogiendo los cristales, se oía el cri-cri con mala leche. Y la mala leche, ella lo sabía, le daba una belleza especial. Por eso nunca podíamos estar demasiado tiempo cabreados. Enseguida que yo vislumbraba las arruguitas de mala leche en su frente, me ponía cachondo. Y, de ahí a que le quitara la camisa, ni segundos pasaban. Pero esta vez ese final feliz parecía un espejismo. Podría ponerle sal al arroz para que estuviera algo sabroso sin que ella me viese e intentar comerlo. Sí, haría eso, iría a la cocina y al toro por los cuernos. Estaba decidido a comer aquello y seguir, seguir con mi miedo. Miedo a que comer el arroz asqueroso no fuera suficiente, miedo a que no me volviera a hablar en su vida o a que las arruguitas de su frente ya no me pusieran cachondo. Miedo a que aquel triángulo en el que me sentía tan cómodo se rompiera para siempre. Y así fue cómo un arroz pasado, insípido e incoloro acabó con mi felicidad.

La Candelilla

Publicado el 17 de julio de 2014

La Candelilla se viste de bailaora por última vez. Su vestido de cola rojo a lunares blancos, sus pendientes de aro, su rizo negro sobre la frente, su mantón blanco, su sonrisa retadora, sus ancestros en la piel, su taconeo imparable y esos ojos de aceituna recién cogida. Veintinueve años y toda una vida por delante para subir al tablao. Pero La Candelilla dice adiós. Demasiadas bocas que alimentar. Mañana dejará de ser La Candelilla para convertirse en la nueva secretaria de ese asesor, creo que de cultura, que trabaja en el ayuntamiento. Ése que viene a verla bailar todas las semanas y que le ha prometido el oro y el moro. ¡Ay, ingenua de La Candelilla!