Ellas
ZAINA murió apedreada por destaparse la cara en público.
SARA quitó la denuncia tras recordar que fue ella quien tropezó en la escalera.
CATHERINE apareció estrangulada con el cable de la plancha.
NADIA contrajo el sida a los quince años.
PATRICIA acabó en el hospital por no tener la cena preparada a las nueve.
CELIA abortó tras una paliza.
SALMA hablaba con un vecino cuando su marido la roció con ácido.
FÁTIMA fue mutilada en los genitales al cumplir seis años.
REBECA vivió escondida hasta que él murió.
LAIA cerró los ojos y se dejó hacer.
ABIGAIL calló diez años de golpes y desprecios.
SELENA se dejó pegar por su primer novio y también por el segundo.
BÁRBARA le clavó un cuchillo para defenderse y aún está en la cárcel.
DIANA soportó los insultos de él y de sus hijos.
MARÍA creyó que, de verdad, ella no valía nada.
Para que ninguna ZAINA muera,
ninguna SARA quite la denuncia,
ninguna CATHERINE aparezca estrangulada.
Para que ninguna NADIA contraiga el sida,
ninguna PATRICIA acabe en el hospital,
ninguna CELIA aborte,
ninguna SALMA sufra vejación.
Para que ninguna FÁTIMA sea mutilada,
ninguna REBECA viva escondida,
ninguna LAIA cierre los ojos.
Para que ninguna ABIGAIL calle,
ninguna SELENA se deje pegar,
ninguna BÁRBARA siga en la cárcel por defenderse.
Para que ninguna DIANA soporte los insultos de nadie.
Para que ninguna MARÍA crea lo que no es cierto.
Cada día
Cada mañana Aurora redibuja su entusiasmo ante el espejo. Cada tarde define sus anhelos. Cada noche, los sabe inalcanzables.
La obsesión de Roland
Roland, cuando se levantó aquella mañana del 28 de septiembre de 1998 no podía saber que iba a ver truncados para siempre sus 17 años hasta ahora de felicidad. Era su cumpleaños y mientras sus padres preparaban delicadamente la sorpresa que creían que jamás olvidaría, Roland quedó solo en casa. No era la primera vez. Desde que cumplió 15, en algunas ocasiones lo dejaban para ir sus padres al cine o a cenar, en el chalet de tres plantas, a las afueras de Dijon, donde vivían los tres. Marcel y Annabelle colmaban a su pequeño de mimos y cuidados para prodigar en él sus anhelos fraternos y para calmar también su conciencia inquieta. Aquella mañana igualmente iba a ser para ellos el final de la alegría, aunque también el principio de ese estado inexplicable en el que puedes volver a conciliar el sueño.
Roland, como decíamos, se encontraba solo en su chalet, como algunas otras, aunque pocas, veces. Entre cd y cd de los Tool escuchó un leve gemido, como de gato, en el segundo sótano de su casa. Siempre había pensado que su chalet era el único con dos sótanos aunque sus padres nunca le dejaban bajar a él. Le protegían de un más que probable ataque de asma por la abundante humedad de aquel doble entierro.
Convencido de que algún cachorro se había colado en el subterráneo atravesó el primero de los sótanos, donde encontró los trastos que esperaba, de tan conocidos, y se encaminó a la puerta que nunca se había parado ni a mirar, seguro de que nada podía haber ahí abajo de su interés, mas que un contundente ataque asmático. Encontró la puerta asegurada con un candado y ninguna llave a mano para poder abrirla. En 17 años fue la primera vez que desconfió sobre alguna consigna paterna y acechó todos los rincones en busca de aquella llave, mientras seguía cansino el maullido subterráneo. Entonces, los faros del coche de sus padres le sorprendieron en la búsqueda. Como un pequeño, pillado comiendo golosinas, trató de inventar una mentira que sus padres, por no ser una conducta conocida, dieron por buena.
La fiesta de cumpleaños fue espléndida, tal como todos esperaban, pero el corazón del hogar quedó congelado cuando Roland preguntó a su madre por la llave del segundo sótano. Quería llevar allí a sus amigos, para continuar un juego de fantasmas que habían inventado. En ese momento, de forma atropellada y confusa le entretuvieron, haciéndole creer que hacía años que la habían extraviado y no habían vuelto a bajar. Pero Roland no se contentó con esa respuesta y cuando todos se acostaron buscó por todas partes hasta encontrar algún indicio que resolviera sus dudas, sin saber que su curiosidad cambiaría la vida de su familia para siempre.
En el primer sótano, entre herramientas y recambios encontró una vieja llave que podría abrir aquel cerrojo, y quedó muy decepcionado al ver que no eran compatibles. Pero al acercarse para intentar encajar la llave en la cerradura, el gemido que había estado escuchando al otro lado de la puerta fue cada vez más perceptible. No podía entender qué eran esos quejidos y ya se había dado cuenta de que no podía esperar que sus padres se lo explicaran. Cogió unos alicates y rompió el candado con menos esfuerzo del que esperaba. Evidentemente sus padres no creyeron que algún día intentaría abrirla o, tal vez, inconscientemente, estarían deseando que lo hiciera.
Entonces Roland supo por primera vez en su vida lo que era el miedo. Un escalofrío lento y helado le recorrió hasta el centro del estómago y ahí se instaló en forma de un terror que le paralizaba: unos instantes en los que el tiempo se inmovilizó ante la duda. ¿Qué habría ahí abajo? ¿Por qué sus padres le protegían de ello? ¿No sería mejor volver atrás y olvidarlo todo? Pero entonces el quejido subterráneo se volvió lamento y la curiosidad pudo más que la prudencia. Nunca en su vida podría olvidar lo que vio, por más que lo intentara, y sabemos que lo hizo, con todas sus fuerzas.
En el segundo sótano de su acogedor hogar, Roland no pudo encontrar más que un hedor insoportable y una penumbra sólo rota por aquel quejido que se había convertido en un chillido estridente y amargo. A tientas trató de alcanzar la fuente del sonido y entre excrementos y podredumbre encontró una mirada suplicante y atroz. Al principio pensó que era aquel animal que maullaba pero después descubrió que esa figura amorfa, casi transparente y del todo nauseabunda le devolvía una imagen demasiado familiar.
No estaba preparado para contemplar aquello, pero ese lamento suplicante y esa mirada aterrada y aterradora le tenían atorado mientras trataba de descifrar entre los pocos pensamientos lúcidos que le quedaban qué podía ser ese ser vivo que parecía un intento de persona echado a perder antes de formarse: lo único que tenía de un tamaño apropiado era una cabeza sin nada de cabello sujeta a lo que podría haber sido un esternón de no estar cruzado por una enorme cicatriz que le encogía sobre sí mismo. Los delgadísimos brazos y piernas parecían desproporcionadamente pequeños pero después apreció que no eran más que miembros atrofiados por la falta de movimiento. Pero lo que Roland necesitaba saber para continuar viviendo era por qué aquella cosa tenía su misma cara.
Cuando Marcel y Annabelle se despertaron sobresaltados entre gritos, gemidos y zarandeos, el hedor del segundo sótano les dio la respuesta, pero ellos aún tendrían que dar muchas explicaciones en aquella larga noche que nunca olvidarían.
Así fue cómo Roland se enteró de que tuvo un hermano que nació pegado a él por el esternón, de ahí sus operaciones y su delicada salud. Los médicos decidieron separarlos y al segundo no le daban ninguna esperanza de vida. Se llevaron a los dos a casa pero los quejidos de su hermano, debidos seguramente al dolor de la muerte cercana, eran insoportables para todos y a los pocos meses lo llevaron a dormir al sótano. Aún allí lo oían y antes de que cumplieran un año, mandaron construir un segundo sótano para aislar al pequeño al que creían agonizando, aunque una vez a la semana bajaba Marcel a llevarle comida y agua.
- ¿Y cómo se llama mamá?
- Lucas
- ¡Lucas!
- Le íbamos a poner Lucas, pero no llegamos a bautizarle.
Y Lucas expiró allí mismo, en los brazos de su hermano Roland, 17 años y un día después de que le diagnosticaran la muerte: el tiempo necesario para que Roland se llenara del resentimiento que no había en el rostro de su hermano sin vida, aquella noche del 29 de septiembre que jamás ha podido borrar de su memoria.
Remedios
Remedios subió al tercero, con las bolsas de la compra tirando de su rutina. Cada escalón le torturaba con los kilos que debía perder y que ella se empeñaba en mimar, a pesar de todo. Ya no los volvería a subir, ni a bajar en siete días; su repetida semana de reclusión sin llamadas, sin conversaciones, sin visitas, sin hijos, sin sus dos nietas redonditas que ya no le traían; con su tele, su punto de cruz y su chocolate. Remedios subió al tercero y ya no bajó. Dos semanas tardaron en encontrarla, cuando Paquita, la del ultramarinos, notó la ausencia de Remedios, la clienta de todos los martes.
Nadie
Sofía se estremece con un viento frío que le despeina el alma. Sobre ella ha pasado de largo la felicidad desplegando las alas del menosprecio y los celos. Las paredes de la cafetería, de un naranja chillón, le gritan a la cara sus miedos; y Sofía parece clavada a la silla en la que él la ha dejado. Las palabras que acaba de escuchar todavía resuenan en el aire: “Mi mujer nos ha pillado; tenemos que dejarlo”.
Más allá de la soledad
La taza me ardía entre las manos casi congeladas; el café hirviendo me calmaba el helor del cuerpo pero no había nada capaz de derretir la rabia que se me había incrustado más allá de la soledad. Mi casa, ahora fría y vacía, me atrapaba en los cálidos recuerdos que nunca volverían. Ella se había ido dejando para siempre un hueco helado dentro mismo de mis entrañas que, ni siquiera en los momentos en los que creía no recordarla, he podido templar. Mi café me abrasaba por fuera y me entumecía por dentro.
De noche
Una respiración ahogada detrás de mi ventana me atraviesa el sueño. Crujidos en el salón me encogen la valentía y me obligan a refugiar los oídos con la almohada; pero llora mi bebé y he de acudir, superando el miedo. Entre el llanto susurra un claro mamá, a sus veinte días de vida. Creo escuchar rumores en la noche, voces entrecortadas que de forma burlona parecen decirme que no les atienda si quiero dormir algo antes de que despunte el día. Mi niño está inquieto, tal vez por mi espanto, y nos acurrucamos juntos en mi cama para no oír las canciones de muertos que llevo dentro. Entonces las canturreo alto para espantar a sus dueños, mientras se hace de día y temo que vuelva la noche, aunque sé que volverá y podré dormir unas semanas antes de que regresen de nuevo, y, esta vez, para siempre.
Tan cerca del odio
Antes incluso de cerrar la puerta tras él ya estaba arrepentida de haberle echado. Pero la ira, el arrebato, los celos, la rabia, el odio que creía contenidos salieron disparados por todos mis poros sin poder retenerlos. Sólo entonces me di cuenta de que la sangre que tenía en el labio inferior me la había hecho yo sola al morderme, con ese bocado histérico que crees controlar pero es el tic del rencor quien domina tu arrebato; un impulso irrefrenable que te aleja de los que quieres y te acerca al enemigo al que nunca quisiste parecerte. Y entonces, el arrepentimiento, por fin, el dolor, las lágrimas, el escalofrío de soledad al final de la espalda. Pero ¿y él?, ¿será él capaz de entenderlo?
Ni esperanzas
Hace más de quince años que llegamos aquí. No tardamos demasiado, tal vez quince o veinte meses, en darnos cuenta de que las cosas que nos ocurrían estaban dirigidas. Las primeras semanas, cuando el coche se nos estropeó en medio de ninguna parte, cuando se nos secaban las fuentes que íbamos encontrando, o cuando nos tropezábamos unos detrás de otros en los mismos accidentes, pensamos que era una mala racha de la que pronto saldríamos. Pero después empezamos a atar cabos: no podía ser el azar tan tortuoso. Y después vimos las cámaras y los cables escondidos entre las raíces de las carrascas y los pinos. Comprendimos que mis tres hijos, mi marido y yo éramos objeto de algún tipo de experimento sobre supervivencia o adaptación al medio y que cuando se cansaran vendrían a rescatarnos. Suplicamos a las cámaras que así lo hicieran. Pero ahora hace ya mucho tiempo que las pantallas se han empezado a oxidar, los cables se han roto por aquí y por allá y no ha venido nadie a por nosotros. No sabemos si el experimento ha terminado y se han olvidado de nosotros, si esto también formaba parte de la prueba, si hay más gente atrapada como nuestra familia en alguna parte, o si ha habido alguna catástrofe de algún tipo y somos los únicos supervivientes. Por si acaso, queríamos dejar este testimonio.
Te añoro
Como la abubilla que antes de alzar el vuelo definitivo ya echa de menos su nido. Como la madre que todavía fríe las patatas del hijo que hace dos semanas volvió de Cancún con su nueva esposa. Como la amante que aún despidiendo al amado en el ascensor descubre de nuevo la punzada en la boca del estómago imaginándole en los brazos de su verdadera mujer. Como la chiquilla que todavía no ha deshecho las maletas de las vacaciones y ya está traicionando las palabras de fidelidad que juró en la playa. Como el perro que vaga por la carretera en busca de un rastro que no encontrará.